En cuanto acabaron su comida matinal y bebieron agua fresca de la fuente llamada de Hipocrene, ofreció Pegaso la cabeza, espontáneamente, para que su amo pudiera poner la brida. Luego dió muchos brincos y cabriolas aéreas, mostrando su impaciencia por emprender la marcha, mientras Belerofonte se ceñía la espada, disponía el escudo y se preparaba para la batalla. Cuando estuvo todo listo, montó el jinete y (según solía hacer cuando iba lejos) subió cuatro kilómetros verticalmente, para orientarse mejor. Después volvió la cabeza de Pegaso hacia el Este, dirigiéndose a Licia. En su vuelo alcanzaron a un águila, pasando tan cerca, antes de que ella pudiera apartarse de su camino, que le habría sido fácil a Belerofonte cogerla por una pata. Avanzando a este paso, antes del mediodía divisaron las altas montañas de Licia, con sus profundos y agrestes valles. Si era verdad lo que a Belerofonte habían dicho, en uno de esos valles horrendos era donde tenía su guarida la espantosa Quimera.
Estando ya tan cerca del término de su viaje, descendieron poco a poco, aprovechando para ocultarse unas nubes que flotaban sobre aquellas ingentes cimas. Dando la vuelta por la parte superior de una nube y asomándose al borde, pudo Belerofonte ver claramente la parte montañosa de Licia, y mirar a la vez todos sus umbríos valles. Nada de extraordinario encontró a primera vista. Era aquélla una zona desierta, pedregosa, con altas y escarpadas montañas; en la parte baja y más llana del país había ruinas de casas quemadas y esqueletos de animales, desparramados entre los pastos que les sirvieron de alimento.
—Por fuerza que es obra de la Quimera todo esto—pensó Belerofonte—; pero, ¿dónde está el monstruo?
Como ya he dicho antes, nada de extraordinario se observaba, a primera vista, en ninguno de los valles y barrancos que había entre las imponentes montañas. Nada absolutamente, salvo que tres espirales de humo negro salían de algo como la boca de una caverna y subían pesadamente por la atmósfera, confundiéndose en una sola columna antes de llegar a la cumbre de la montaña. La caverna estaba casi a plomo, bajo el caballo alado y su jinete, a cosa de unos trescientos metros. El humo tenía un color hediondo, sulfuroso y asfixiante, que hizo resoplar a Pegaso y estornudar a Belerofonte. Tanto desagradaba al maravilloso caballo (acostumbrado a respirar únicamente el aire más puro), que agitó las alas y se lanzó como un kilómetro fuera del alcance de aquellos molestos vapores.
Pero, al mirar hacia atrás, vió Belerofonte algo que le indujo a tirar de las riendas primero, y a dar vuelta después. Hizo una seña, que el caballo alado entendió, y éste bajó por el aire lentamente hasta que sus cascos estuvieron a poco más de la altura de un hombre sobre el suelo roquizo del valle. Enfrente, y a tiro de piedra, estaba la boca de la caverna con las tres espirales de humo que de ella brotaban.
Dentro de la dicha caverna parecía haber un montón de extrañas y terribles criaturas enroscadas unas con otras. Sus cuerpos estaban tan juntos, que Belerofonte no acertó a distinguirlos; pero, a juzgar por sus cabezas, uno de los animales era una serpiente inmensa, el segundo un fiero león y el tercero una cabra horrible. El león y la cabra estaban dormidos; la serpiente estaba despierta del todo y le miraba fijamente con su par de grandes y feroces ojos. Lo más asombroso del caso era que las tres columnas de humo salían evidentemente de las narices de aquellas tres cabezas. Tan extraño era el espectáculo, que aun cuando tanta tiempo había estado esperando verlo, la verdad, no se le ocurrió al pronto que aquélla era la terrible Quimera de tres cabezas. Había dado con la caverna de la Quimera. La serpiente, el león y la cabra no eran tres criaturas distintas, como había supuesto, sino un monstruo solo.
¡Qué cosa más horrible y más odiosa! Aun dormitando, como dormitaban, sus dos terceras partes, tenía entre sus abominables mandíbulas los restos de un infortunado corderillo, o tal vez (pero se me resiste el pensarlo) fuera de algún pobre niño que las tres bocazas habían estado mordiscando, antes de quedarse dormidas dos de ellas.
De pronto, como si saliese de un sueño, cayó Belerofonte en la cuenta de que era aquélla la Quimera. Pegaso pareció también comprenderlo, y dió un relincho, que sonó como un clarín de guerra. Al oirlo se alzaron erguidas las tres cabezas y vomitaron grandes llamaradas. Antes de que Belerofonte pudiera pensar lo que debía hacer, se lanzó el monstruo fuera de la caverna y se fué derecho a él, con las inmensas fauces abiertas y arrastrando su cola de serpiente de una manera horrible. Si Pegaso no hubiera sido tan ágil como un pájaro, tanto él como su jinete se habrían visto arrollados por la acometida de la Quimera, y habría acabado así el combate antes de comenzar en realidad. Pero el caballo alado no se dejaba atrapar tan fácilmente. En un abrir y cerrar de ojos se elevó casi hasta las nubes, resoplando con furia. También temblaba, pero no de miedo, sino del asco producido por aquel ser aborrecible y ponzoñoso con sus tres cabezas.
La Quimera, por su parte, se irguió hasta sostenerse únicamente sobre el extremo de la cola, pateando en el aire de un modo furioso y escupiendo fuego a Pegaso y al jinete con sus tres bocas. ¡Cómo rugía, silbaba y bramaba, hijitos míos! Belerofonte, entretanto, se ponía el escudo al brazo y sacaba la espada.
—Ahora, mi querido Pegaso—murmuró al oído del caballo alado—, has de ayudarme a matar este insufrible monstruo, o si no, habrás de volverte a tu solitaria cumbre sin tu amigo Belerofonte; porque, o muere la Quimera, o sus tres bocas se comerán esta cabeza mía, que tantas veces ha dormitado sobre tu cuello.