Pegaso relinchó, y volviendo la cabeza, frotó cariñosamente el hocico contra la cara de su jinete. Así decía, a su manera, que aún tenía alas y era caballo inmortal; mejor perecería, si lo inmortal pudiera perecer, que dejar tras sí a Belerofonte.
—Gracias, Pegaso—respondió Belerofonte—. Y ahora, vamos a pelear al monstruo.
Diciendo estas palabras, sacudió las riendas, y Pegaso descendió oblicuamente, rápido como una flecha, hacia la triple cabeza de la Quimera, que todo aquel tiempo había estado irguiéndose en el aire cuanto podía. Cuando lo tuvo al alcance de su brazo, dió Belerofonte un gran tajo al monstruo; pero su caballo siguió adelante sin dejarle ver si había aprovechado el golpe. Pegaso continuó su carrera; pero pronto viró en redondo, aproximadamente a la misma distancia de la Quimera que antes. Belerofonte vió entonces que había cortado al monstruo, casi del todo, la cabeza de cabra, que colgaba de la piel y parecía enteramente muerta.
Pero, en compensación, la cabeza de león y de la serpiente habían adquirido toda la fiereza de la otra, y escupían llamas, y silbaban y rugían con mucha más furia que antes.
—No te importe, mi bravo Pegaso—exclamó Belerofonte—; con otro golpe como ese haremos que cese el rugir y el silbar.
De nuevo sacudió las riendas. El caballo alado se lanzó oblicuamente y veloz, como antes, hacia la Quimera, y Belerofonte, al pasar, asestó un golpe recto a una de las dos cabezas restantes. Pero esta vez, ni él ni Pegaso escaparon tan bien como la primera. Con una de sus garras hizo el monstruo al joven un profundo arañazo en un hombro, y con la otra estropeó un poco el ala izquierda del caballo volador. Belerofonte, por su parte, había herido mortalmente la cabeza de león, de tal modo, que caía colgando, con su fuego casi extinguido y lanzando bocanadas de humo negro y espeso. Sin embargo, la cabeza de serpiente (la única que quedaba ya) era entonces dos veces más fiera y más venenosa que nunca. Vomitaba chorros de fuego de quinientos metros de largo y lanzaba silbidos tan altos, tan ásperos, tan penetrantes, que el rey Iobates los oyó a cincuenta millas de distancia, y se estremeció hasta hacer temblar al trono debajo de él.
—¡Ay de mí!—pensó el pobre rey—. Esto es que la Quimera viene a devorarme.
Pegaso, mientras tanto, se había parado otra vez en el aire y relinchaba colérico, echando de sus ojos chispas de un fuego puro como el cristal. ¡Qué diferente el fuego cárdeno de la Quimera! Ni el espíritu del caballo aéreo ni el de Belerofonte decayeron.
—¿Echas sangre, mi caballo inmortal?—exclamo el joven, cuidándose menos del mal propio que del de aquella criatura que no debía haber conocido nunca el dolor—. ¡La execrable Quimera pagará este daño con su última cabeza!
Luego sacudió las riendas, dando grandes gritos, y guió a Pegaso, no oblicuamente como antes, sino derecho a la repugnante cabeza del monstruo. Tan rápida fué la embestida, que en la duración de un relámpago llegó Belerofonte al alcance de su enemigo.