A esto, con la pérdida de su segunda cabeza, había caído la Quimera en una pasión ardentísima de dolor y rabia. Se revolcaba, mitad en tierra y mitad en el aire, siendo imposible decir en qué elemento descansaba. Abrió su bocaza de serpiente, con tan abominable anchura, que estoy por decir que podía haber pasado Pegaso derecho a la garganta, con las alas desplegadas y con jinete y todo. Cuando se acercaron, lanzó un chorro tremendo de su encendido aliento, y envolvió a Belerofonte y a su caballo en una atmósfera de llamas, chamuscando las alas de Pegaso, quemando al joven los dorados rizos de todo un lado y caldeando a los dos, de la cabeza a los pies, mucho más de lo cómodo.

Pero esto no es nada para lo que sucedió después. Cuando el caballo alado llegó en su acometida a la distancia de unos cien metros, la Quimera dió un salto y lanzó su enorme, horrible, ponzoñoso y detestable cuerpo sobre el pobre Pegaso; se enroscó a su alrededor con gran fuerza y retorció su cola de serpiente hasta formar un nudo. El caballo aéreo volaba más alto, más alto, más alto, por encima de los picos de las montañas, por encima de las nubes, hasta perder de vista casi a la tierra sólida; pero el monstruo terrestre no soltó presa y fué llevado hacia arriba con la criatura del aire y la luz. Belerofonte, mientras tanto, se volvió y se encontró frente a frente con la horrible fealdad de la Quimera, y sólo resguardándose bien con el escudo, pudo librarse de morir abrasado o de ser partido por mitad de un mordisco.

Por la orillita del escudo miró fieramente a los salvajes ojos del monstruo. La Quimera estaba tan enloquecida por el dolor, que no se resguardaba, como en otro caso habría hecho. Después de todo, para luchar con una Quimera, tal vez sea lo mejor el acercarse a ella todo lo posible. En sus esfuerzos por clavar a su enemigo los horribles garfios, el monstruo dejó su pecho enteramente al descubierto. Al verlo, Belerofonte clavó hasta el puño la espada en su cruel corazón. La cola de la serpiente desató en seguida su nudo. El monstruo soltó a Pegaso y cayó desde aquella enorme altura. El fuego que llevaba en su pecho ardió, en vez de extinguirse, más vivo que nunca, y pronto comenzó a consumir aquel cuerpo muerto.

Cayó del cielo, inflamado enteramente. Como se hizo de noche antes de llegar a tierra, lo confundieron con una estrella errante o con un cometa; pero al despuntar el día salieron unos labriegos a su labor y vieron, con gran asombro, que varias hectáreas de terreno estaban salpicadas de cenizas negras. En medio de un campo había un montón de huesos calcinados, mucho más alto que una gran pila de heno. ¡Nada más volvió a verse de la espantosa Quimera!

Cuando Belerofonte hubo ganado la victoria, se inclinó hacia adelante y besó a Pegaso con lágrimas en los ojos.

—¡Vuelve ahora, mi caballo bienamado—le dijo—, vuelve a la Fuente de Pirene!

Pegaso hendió el aire más rápido que nunca, y llegó a la fuente en muy poco tiempo. Allí encontró al viejo apoyado en su báculo, al campesino dando agua a la vaca y a la hermosa doncellita llenando su cántaro.