—Ahora me acuerdo—advirtió el viejo—. Cuando yo era un chiquillo, vi una vez este caballo con alas. Pero en mi tiempo era diez veces más hermoso.

—Tengo un caballo de tiro que vale tres veces lo que él—dijo el campesino—. Si este pingo fuera mío, lo primero que hacía era cortarle las alas.

La pobre muchachita no dijo nada, porque tenía el sino de asustarse fuera de tiempo. Echó a correr, dejó caer el cántaro y lo rompió.

—¿Dónde está—preguntó Belerofonte—el simpático niño que solía acompañarme, y nunca perdió la fe y nunca se cansaba de mirar en la fuente?

—Aquí estoy, querido Belerofonte—dijo el niño tiernamente.

El muchachito había pasado día tras día a la orilla de Pirene, esperando que volviera su amigo; pero cuando vió a Belerofonte bajando a través de las nubes, montado en su caballo alado, se internó en el boscaje. Era un niño muy delicado, de gran ternura, y temía que el viejo y el campesino vieran brotar las lágrimas de sus ojos.

—Has logrado la victoria—dijo gozosamente, abrazándose a una pierna de Belerofonte, que aún estaba montado sobre Pegaso—. Conozco que la has ganado.

—Sí, niño querido—replicó Belerofonte, bajándose del caballo alado—; pero si no me hubiese ayudado tu fe, nunca hubiera yo aguardado a Pegaso, ni marchado por encima de las nubes, ni venciera jamás a la terrible Quimera. Todo lo hiciste tú, mi amado amiguito, y ahora devolvamos a Pegaso su libertad.

Y diciendo esto, quitó la brida encantada de la cabeza de aquel caballo maravilloso.

—¡Sé libre para siempre. Pegaso mío!—exclamó con cierto dejo de tristeza en la voz—. ¡Sé tan libre como rápido eres!