Pero Perla, que era una niña intrépida, después de fruncir el entrecejo, de golpear el suelo con el piececito y de apretar el puño con diversos gestos amenazadores, se lanzó de repente contra el grupo de sus enemigos y los puso á todos en fuga. Al mismo tiempo chilló y gritó con violencia tal, que el corazón de los fugitivos tembló de espanto. Terminada su victoria, Perla regresó tranquilamente al lado de su madre, á la que dirigió una risueña mirada.
Sin otra aventura llegaron á la morada del Gobernador. Era ésta una gran casa de madera, fabricada al estilo de las que aun se ven en las calles de nuestras ciudades más antiguas; ahora cubiertas de musgo, derrumbándose, y de aspecto melancólico, mudos testigos de las penas ó alegrías de que fueron teatro sus obscuras habitaciones. Entonces, sin embargo, había en su exterior la frescura de la juventud, y en sus ventanas, iluminadas por el sol, parecía brillar aquel contento que reina en las moradas humanas en que aun no ha entrado la muerte. La casa del Gobernador tenía, á la verdad, una apariencia muy alegre: las paredes estaban cubiertas con una especie de estuco con innumerables fragmentos de vidrio, de modo que cuando el sol alumbraba oblicuamente el edificio, brillaba y fulguraba como si sobre él se hubieran arrojado diamantes á manos llenas, lo que le hacía parecer más propio para el palacio de Aladino, que para mansión de un viejo y grave jefe puritano. Estaba además adornado con figuras y diagramas extraños y al parecer cabalísticos, de acuerdo con el raro gusto de la época, que habían sido dibujados en el estuco cuando se acabó de poner, y se habían endurecido con el tiempo, sin duda para que sirvieran de admiración á las edades futuras.
Perla, cuando contempló esta especie de casa maravillosa, comenzó á palmotear y á bailar, y pidió con acento decidido que arrancaran todo aquel frente radiante del edificio, y se lo dieran para jugar con él.
—No, mi querida Perlita, le dijo su madre. Tú misma tienes que procurarte tus rayos de sol; yo no tengo nada que darte.
Se acercaron á la puerta, que tenía la forma de un arco, y estaba flanqueada á cada costado por una torre estrecha ó proyección del edificio, con ventanas de enrejado de alambre y postigos de madera. Levantando el aldabón de hierro, Ester dió un golpe al que respondió uno de los siervos del Gobernador, inglés de nacimiento y libre, pero que á la sazón era esclavo por siete años. Durante ese tiempo tenía que ser la propiedad de su amo, lo mismo que si fuera un buey. El siervo llevaba el traje azul que era el vestido ordinario de los siervos de aquella época, como lo fué también mucho antes en las antiguas casas solariegas de Inglaterra.
—¿Está en casa Su Señoría el Gobernador Bellingham? preguntó Ester.
—Ciertamente que sí, respondió el siervo, contemplando con tamaños ojos la letra escarlata, pues habiendo llegado recientemente al país, no la había visto todavía. Sí, Su Señoría está en casa; pero con él hay un par de piadosos ministros, y al mismo tiempo un médico: no creo que podáis verle ahora.
—Entraré, sin embargo, replicó Ester.
Y el siervo, juzgando tal vez por el tono decisivo con que pronunció estas palabras, y el brillante símbolo que llevaba en el pecho, que era una gran señora del país, no opuso resistencia alguna.
Madre é hija fueron, pues, admitidas en el vestíbulo. El Gobernador, teniendo en cuenta la naturaleza de los materiales de construcción disponibles, así como la diferencia del clima y costumbres sociales de la colonia, había trazado el plano de su nueva morada á imitación de las de los caballeros de moderados recursos en su país natal. Había por lo tanto un ancho y elevado vestíbulo que se extendía hasta el fondo de la casa y servía de medio de comunicación más ó menos directa con todas las otras piezas. En una extremidad se hallaba alumbrada esta espaciosa habitación por las ventanas de las dos torres; y en la otra, aunque protegida por una cortina, lo estaba por una gran ventana abovedada, provista de un asiento de almohadones, en el que había un volumen en folio, probablemente de las Crónicas de Inglaterra ú otra literatura por el estilo. El mueblaje consistía en algunas sillas macizas, en cuyos respaldares había esculpidas guirnaldas de flores de roble; en el centro había una mesa del mismo estilo que las sillas, todo del tiempo de la Reina Isabel de Inglaterra, ó quizás anterior á él, y traído de la casa paterna del Gobernador. Y en la mesa, como prueba de que la antigua hospitalidad no había muerto, un gran jarro de peltre en el fondo del cual el curioso podría haber visto la espuma de la cerveza bebida recientemente.