Colgaba en la pared una hilera de retratos que representaban los antepasados del linaje de Bellingham, algunos vestidos con petos y armaduras y otros con cuellos alechugados y ropa talar. Como rasgo característico, tenían todos aquella severidad y rigidez que invariablemente hay en los antiguos retratos, como si en vez de pinturas fueran los espíritus de hombres ilustres, ya muertos, que estuvieran contemplando con dureza é intolerancia, criticándolos, las acciones y placeres de los vivos.
Hacia el centro de los tableros de roble que cubrían las paredes del vestíbulo había suspendida una cota de malla y sus accesorios, no una reliquia hereditaria, como los retratos, sino de fecha más moderna, fabricada por un hábil armero de Londres el año mismo en que el Gobernador Bellingham vino á la Nueva Inglaterra. Allí había un yelmo, una coraza, una gola y grebas, con un par de manoplas, y colgando debajo una espada; todo, y especialmente el yelmo y la coraza, tan perfectamente bruñido, que resplandecían con un blanco radiante, iluminando el pavimento. Esta brillante panoplia no servía de simple ornato, sino que el Gobernador se la había endosado más de una vez, especialmente á la cabeza de un regimiento en la guerra contra los indios, pues aunque por estudios y profesión era un abogado, las exigencias del nuevo país habían hecho de él un soldado y un Gobernante.
Perlita,—á quien agradó la resplandeciente armadura tanto como el brillante frontispicio de la casa, se entretuvo algún tiempo mirando la pulida superficie de la coraza que resplandecía como si fuera un espejo.
—¡Madre! gritó, madre, te veo aquí. ¡Mira! ¡mira!
Ester, por complacer á su hijita, dió una mirada á la coraza, y vió que, debido al efecto peculiar de este espejo convexo, la letra escarlata parecía reproducida en proporciones exageradas y gigantescas, de tal modo que venía á ser lo más prominente de toda su persona. En realidad, parecía como si Ester se ocultara detrás de la letra. Perla le llamó también la atención á otra figura semejante en el yelmo, sonriendo á su madre con aquella especie de expresión de duendecillo tan común á su inteligente rostro. Esta mirada de traviesa alegría se reflejó igualmente en el espejo, con tales proporciones y tal intensidad de efecto, que Ester no creyó que pudiera ser la imagen de su propia hija, sino la de algún trasgo ó duende que trataba de amoldarse á la forma de Perla.
—Vamos, Perla, dijo la madre llevándosela consigo. Ven á ver este hermoso jardín. Quizás haya en él flores más hermosas que las de los bosques.
Perla se dirigió á la ventana abovedada en el fondo del vestíbulo, y tendió la mirada á lo largo de las calles del jardín, alfombrado de hierba recién cortada, y guarnecido con algunos arbustos, no muchos, como si el dueño hubiera desistido de su idea de perpetuar en este lado del Atlántico el gusto inglés en materia de jardines. Las coles crecían á la simple vista, y una calabacera, plantada á alguna distancia, se había extendido al través del espacio intermediario, depositando uno de sus gigantescos productos directamente debajo de la ventana indicada. Había, sin embargo, unos cuantos rosales, y cierto número de manzanos, procedentes probablemente de los plantados por los primeros colonos.
Perla, al ver los rosales, empezó á clamar por una rosa encarnada, y no quiso estarse tranquila.
—Cállate, niña, cállate, dijo la madre encarecidamente. No llores, mi querida Perla. Oigo voces en el jardín. El Gobernador se acerca acompañado de varios caballeros. Cállate.
En efecto, por la avenida del jardín se veía cierto número de personas con dirección hacia la casa. Perla, sin hacer caso de las tentativas de su madre para aquietarla, dió un grito agudísimo, y guardó entonces silencio; no debido á un sentimiento de obediencia, sino á la viva y móvil curiosidad de su naturaleza que hizo que todo su interés se concentrara en la aparición de estos nuevos personajes.