De este modo examinó á su paciente con el mayor esmero y cuidado, no solo como le veía en su vida diaria, sin desviarse del sendero de las ideas y sentimientos que le eran habituales, sino también como se le presentaba cuando, en otro medio diferente tanto moral como intelectual, la novedad de ese medio hacía dar expresión á algo que era igualmente nuevo en su naturaleza. Parece que consideraba esencial conocer al hombre antes de intentar curarle; porque donde quiera que existen combinados corazón é inteligencia, tienen estos cierto influjo en las enfermedades del cuerpo. La imaginación y el cerebro eran tan activos en Arturo Dimmesdale, y tan intensa la sensibilidad, que sus males físicos tenían seguramente origen en aquellos. Por lo tanto, Rogerio Chillingworth,—el hombre hábil, el médico benévolo y amistoso,—trató de sondear primero el corazón de su paciente, rastreando sus ideas y principios, escudriñando sus recuerdos y tentándolo todo con cautelosa mano, como quien busca un tesoro en sombría caverna.
Pocos secretos pueden escapar al investigador que tiene la oportunidad y la licencia de dedicarse á semejante empresa, y posee la sagacidad de llevarla adelante. El hombre que se siente abrumado bajo el peso de un grave secreto, debe evitar especialmente la intimidad de su médico; porque si éste se hallare dotado de natural sagacidad y de cierto no sé qué, á manera de intuición; si no demuestra vanidad importuna, ni cualidades características desagradables; si tiene la facultad innata de establecer tal afinidad entre su inteligencia y la de su paciente, que éste llegue á hablar, con llaneza y por descuido, lo que se imagina haber pensado solamente; si tales revelaciones se reciben en silencio, con una simple mirada de simpatía, ó á lo más con una que otra palabra en que se dé á entender que todo se ha comprendido; y si á estas cualidades necesarias á un confidente se unieren las ventajas que presta la circunstancia de ser médico,—entonces, en un momento inevitable, el alma del paciente se abrirá descubriendo á la luz del día sus más ocultos misterios.
Rogerio Chillingworth poseía todas, ó casi todas las condiciones arriba enumeradas. El tiempo sin embargo transcurría; una especie de intimidad, como ya hemos dicho, se había establecido entre estos dos hombres instruídos é inteligentes; discutían todos los temas relativos á asuntos morales ó religiosos, así como los negocios públicos ó de carácter privado; cada uno hablaba también mucho de materias que parecían puramente personales; y sin embargo, ningún secreto, como el médico imaginó que debía de existir, se escapó de los labios del joven ministro. Tenía, no obstante, la sospecha de que ni siquiera la naturaleza exacta de la enfermedad corporal del Sr. Dimmesdale le había sido revelada. ¡Era una extraña reserva!
Al cabo de algún tiempo, debido á una indicación del médico, los amigos del Sr. Dimmesdale arreglaron las cosas de modo que los dos se alojaran bajo un mismo techo, de manera que el facultativo tuviese más oportunidades de velar por la salud del joven eclesiástico. Gran alegría causó en la ciudad este arreglo. Se creía que era lo más acertado para el bienestar del Sr. Dimmesdale; á menos que, como se lo habían aconsejado repetidas veces los que tenían autoridad para ello, se decidiera á escoger por esposa á una de las muchas señoritas que espiritualmente le eran adictas. Pero por el presente no había esperanzas de que Arturo Dimmesdale se decidiera á hacerlo; había respondido con una negativa á todas las indicaciones de esta naturaleza, como si el celibato sacerdotal fuera uno de sus artículos de fe.[16] Hallándose las cosas en tal estado, parecía que este anciano, sagaz, experimentado y benévolo médico, sobre todo si se tenía además en cuenta el amor paternal y el respeto que profesaba al joven ministro, era la única persona y la más apta para estar constantemente á su lado y al alcance de su voz.
Los dos amigos fijaron su nueva morada en la casa de una piadosa viuda, de buena posición social, la cual asignó al Sr. Dimmesdale una habitación que daba á la calle, bañada por el sol, pero con espesas cortinas en la ventana que suavizaban la luz cuando así se deseaba. Las paredes estaban colgadas con tapices que se decía provenir de los Gobelinos, y representaban la historia de David y de Betsabé, y la del profeta Nathán, como se refiere en la Biblia, con colores aun vivos que daban aspecto de horribles profetisas de desgracias á las bellas figuras femeninas del cuadro. Aquí depositó el pálido eclesiástico su biblioteca, rica en enormes libros en folio forrados en pergamino, que contenían las obras de los Santos Padres, la ciencia de los Rabinos y la erudición de los monjes, de cuyos escritos se veían obligados á servirse con frecuencia los clérigos protestantes por más que los desdeñasen y hasta vilipendiasen. Al fondo de la casa arregló su estudio y laboratorio el anciano médico, no como un hombre científico moderno lo consideraría tolerablemente completo, sino provisto de un aparato de destilar y de los adminículos necesarios para preparar drogas y sustancias químicas, de que el práctico alquimista sabía hacer buen uso. Con una situación tan cómoda, estas dos sabias personas se fijaron cada una de asiento en su respectivo dominio, pero pasando familiarmente de una habitación á otra, manifestando cada uno sumo interés en los negocios del otro, sin llegar sin embargo á los límites de la curiosidad.
Los amigos más sensatos del Reverendo Arturo Dimmesdale, como ya hemos indicado, se imaginaban, muy fundadamente, que la mano de la Providencia había hecho todo esto con el objeto,—demandado en tantas preces, así públicas como privadas,—de restaurar la salud del joven ministro. Pero es preciso decir también que cierta parte de la comunidad había comenzado últimamente á considerar de un modo distinto las relaciones entre el Sr. Dimmesdale y el misterioso y anciano médico. Cuando una multitud ignorante trata de ver las cosas con sus propios ojos, por su cuenta y riesgo, corre grave peligro de engañarse. Sin embargo, cuando forma su juicio, como acontece comunmente, guiada por las enseñanzas de una gran alma, las conclusiones á que llega son con frecuencia tan profundas y tan exactas, que puede decirse que poseen el carácter de verdades reveladas sobrenaturalmente. El pueblo, en el caso de que tratamos, no podía justificar su prevención contra Rogerio Chillingworth con razones ningunas dignas de refutarse. Es verdad que un antiguo artesano que había vivido en Londres treinta años antes de los sucesos que narramos, afirmaba haber visto al médico, aunque con un nombre distinto, que no recordaba, en compañía del Doctor Forman, el famoso y viejo mágico implicado en el asunto del asesinato de Sir Tomás Overbury, que ocurrió por aquel entonces y causó lo que hoy se llama gran sensación. Dos ó tres individuos decían que el físico, durante su cautiverio entre los indios, había aumentado sus conocimientos médicos tomando parte en los encantamientos ó ceremonias mágicas de los sacerdotes salvajes; quienes, como se sabía de fijo, eran hechiceros poderosos que á veces realizaban curas casi milagrosas merced á su pericia en la Magia Negra. Un gran número de individuos,—y muchos de ellos dotados de sensatez, y observadores prácticos, cuyas opiniones en otras materias hubieran sido muy valiosas,—afirmaban que el aspecto externo de Rogerio Chillingworth había experimentado un notable cambio desde que se había fijado en la población, y especialmente desde que vivía bajo el mismo techo que Dimmesdale. La expresión de su rostro tranquila, meditativa y de hombre dedicado al estudio que le caracterizaba al principio, había sido reemplazada por algo maligno y desagradable, que antes no se notaba, pero cuya intensidad se iba aumentando á medida que se le observaba más de cerca y con más frecuencia. Según la idea vulgar, el fuego que ardía en su laboratorio procedía del infierno, y estaba alimentado con sustancias infernales; y por lo tanto, como era de esperarse, su rostro se iba también ennegreciendo más y más con el humo.
Para resumir diremos, que tomó cuerpo la creencia de que el Reverendo Arturo Dimmesdale, á semejanza de otros muchos personajes de especial santidad en todas las épocas de la religión cristiana, se veía tentado por Satanás mismo, ó por un emisario suyo en la persona del viejo Rogerio Chillingworth. Este diabólico agente tenía el permiso divino de gozar por algún tiempo de la intimidad del joven eclesiástico, y de conspirar contra la salvación de su alma; aunque ningún hombre sensato podía dudar por un momento de qué lado quedaría la victoria. El pueblo esperaba, con fe inquebrantable, ver al ministro salir de aquella lucha transfigurado con la gloria que le proporcionaría su triunfo inevitable. Entretanto, era sin embargo muy triste pensar en la mortal agonía por que tenía que pasar antes de salir vencedor.
¡Ay! á juzgar por la tristeza y terror que se revelaban en las miradas del pobre eclesiástico, la batalla estaba siendo muy ruda sin que pudiera decirse que la victoria fuera segura.
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EL MÉDICO Y SU PACIENTE
EL anciano médico había sido durante toda su vida un hombre de temperamento tranquilo y benévolo, aunque no de afectos muy calurosos, y siempre puro y honrado en todos sus tratos con el mundo. Había comenzado ahora una investigación con la severa é imparcial integridad de un juez, como él se imaginaba, deseoso tan sólo de hallar la verdad, como si se tratara de un problema geométrico, y no de las pasiones humanas y de las ofensas de que él era víctima. Pero á medida que procedía en su labor, una especie de terrible fascinación, una necesidad imperiosa é ineludible se apoderó del anciano Rogerio, y no le dejó paz ni reposo mientras no hubo hecho todo lo que creía de su deber. Sondeaba ahora el corazón del pobre ministro como un minero cava la tierra en busca de oro; ó un sepulturero una fosa en busca de una joya enterrada con un cadáver, para encontrar al fin solamente huesos y corrupción. ¡Ojalá que, para beneficio de su alma, hubiera sido esto lo que Chillingworth buscaba!