Á veces en los ojos del médico brillaba un fulgor ominoso á manera del reflejo de una hoguera infernal, como si el terreno en que trabajaba este sombrío minero le hubiese dado indicios que le hicieran concebir fundadas esperanzas de hallar algo valioso.

—Este hombre,—se decía en tales momentos allá para sus adentros,—este hombre tan puro como lo juzgan, que parece todo espíritu, ha heredado una naturaleza animal, muy fuerte, de su padre ó de su madre. Ahondemos un poco más en esta dirección.

Entonces, después de escudriñar minuciosamente el alma del joven clérigo, y de descubrir muchos materiales preciosos en la forma de elevadas aspiraciones por el bienestar de la raza humana, amor ferviente de las almas, sentimientos puros, piedad natural fortalecida por la meditación y el estudio, é iluminada por la revelación,—todo lo cual, si bien oro de muchos quilates, no tenía valor ninguno para el escudriñador médico,—éste, aunque desalentado, empezaba sus investigaciones en otra dirección. Se deslizaba á hurtadillas, con pisadas tan cautelosas y aspecto tan precavido como un ladrón que penetra en una alcoba donde hay un hombre medio dormido, ó quizá completamente despierto, con el objeto de hurtar el tesoro mismo que este hombre guarda como la niña de sus ojos. Á pesar de todas sus precauciones y cuidado, el pavimento crujía de vez en cuando; sus vestidos formaban ligero ruido; la sombra de su figura, en una proximidad no permitida, casi envolvía á su víctima. El Sr. Dimmesdale, cuya sensibilidad nerviosa era frecuentemente para él una especie de intuición espiritual, tenía á veces una vaga idea de que algo, enemigo de su paz, se había puesto en medio de su camino. Pero el viejo médico poseía también percepciones que eran casi intuitivas; y cuando el ministro le dirigía entonces una mirada de asombro, el médico se sentaba tranquilamente sin decir palabra como su amigo benévolo, vigilante y afectuoso, aunque no importuno.

Sin embargo, el Sr. Dimmesdale acaso se habría dado más perfecta cuenta del carácter de este individuo, si cierto sentimiento mórbido, á que están expuestas las almas enfermas, no le hubiera hecho concebir sospechas de todo el género humano. No confiando en la amistad de hombre alguno, no pudo reconocer á un enemigo cuando éste realmente se presentó. Por lo tanto, continuaba manteniendo su trato familiar con el médico, recibiéndole diariamente en su estudio, ó visitándole en su laboratorio, y, por vía de recreo, prestando atención á los procedimientos por medio de los cuales se convertían las hierbas en drogas poderosas.

Un día, con la frente reclinada en la mano, y el codo en el antepecho de la ventana que daba á un cementerio cerca de la casa, hablaba con el médico, mientras éste examinaba un manojo de plantas de fea catadura.

—¿Dónde,—le dijo, contemplando de soslayo las plantas, pues rara vez miraba ahora frente á frente ningún objeto, ya fuera humano ó inanimado,—dónde, buen Doctor, habéis recogido esas hierbas de hojas tan negras y lacias?

—En el cercano cementerio,—respondió el médico continuando en su ocupación. Son nuevas para mí. Crecían sobre una fosa sin lápida sepulcral, ni sin ningún otro signo que conserve la memoria del muerto, excepto estas feas hierbas. Parece que brotaban de su corazón, como si simbolizaran algún horrible secreto sepultado con él y que habría hecho mucho mejor en confesar durante su vida.

—Quizá,—replicó el Sr. Dimmesdale,—lo deseó ardientemente, pero no le fué dado hacerlo.

—Y ¿por qué?—dijo el médico,—¿por qué no hacerlo, cuando todas las fuerzas de la naturaleza demandan de tal manera la confesión de la culpa, que hasta estas hierbas negras han salido de un corazón enterrado, para que quede manifiesto un crimen que no se reveló?

—Eso, buen señor, no pasa de ser una fantasía vuestra. Si no me equivoco, solo el poder de la Divinidad alcanza á descubrir, ya por medio de palabras proferidas, ó por signo, ó emblema, los secretos que pudieran estar sepultados en un corazón humano. El corazón que se hace reo de tales secretos, tiene por fuerza que conservarlos, hasta el día en que todas las cosas ocultas se revelarán. Ni he leído ó interpretado las Sagradas Escrituras de modo que me hagan comprender que el descubrimiento de los hechos ó pensamientos humanos que entonces ha de verificarse, deba formar parte de la retribución. Esto sería seguramente una manera muy superficial de ver las cosas. No; estas revelaciones, á no ser que yo me equivoque muy mucho, sirven sólo para aumentar la satisfacción intelectual de todos los seres racionales que en ese día estarán esperando ver la explicación del sombrío problema de la vida. Para que sea completa en todas sus partes la resolución de ese problema, será necesario un conocimiento del corazón de los hombres. Y yo creo, además, que los corazones que encierran esos tristes secretos de que habláis, lo darán á conocer en ese día postrimero, no con repugnancia, sino con alegría inexplicable.