Probablemente la niña oyó la voz de estos hombres, porque alzando con inteligente y maliciosa sonrisa los ojos hacia la ventana, arrojó uno de los capullos espinosos al Reverendo Sr. Dimmesdale, quien con nerviosa mano y cierto temor trató de esquivar el proyectil. Perla, notando su inquietud, palmoteó con la alegría más extravagante. Ester también había alzado los ojos involuntariamente; y todas estas cuatro personas, viejos y jóvenes, se miraron unos á otros en silencio, basta que la niña prorrumpió en una carcajada, y gritó:
—Vámonos, madre; vámonos, ó ese viejo Hombre Negro que está ahí te atrapará. Ya se ha apoderado del ministro. Vámonos, madre, vámonos, ó te atrapará también. Pero no puede atrapar á Perlita.
É hizo partir á su madre, saltando, bailando, retozando fantásticamente entre los túmulos de los muertos, como criatura que nada tuviese de común con las generaciones allí enterradas, ni aun el más remoto parentesco con ellas. Parecía como si hubiera sido creada de nuevos elementos, debiendo por lo tanto vivir forzosamente una existencia aparte, con leyes propias y especiales, sin que pudieran considerarse un crimen sus excentricidades.
—Ahí va una mujer,—prosiguió el médico después de una pausa,—que sean cuales fueren sus faltas, no tiene nada de esa misteriosa corrupción oculta que creéis debe ser tan dura de llevar. ¿Pensáis acaso que Ester Prynne es menos infeliz á causa de esa letra escarlata que ostenta en el seno?
—Así lo creo,—replicó el ministro. Sin embargo, no puedo responder por ella. Hay en su rostro una expresión de dolor, que hubiera deseado no haber visto. Creo, no obstante, que es mucho mejor para el paciente hallarse en libertad de mostrar su dolor, como acontece con esta pobre Ester, que no llevarlo oculto en su corazón.
Hubo otra pausa; y el médico empezó de nuevo á examinar y á arreglar las plantas que había recogido.
—Me preguntásteis, no ha mucho, dijo, mi opinión acerca de vuestra salud.
—Así lo hice,—respondió Dimmesdale,—y me alegraría conocerla. Os ruego que habléis francamente, sea cuál fuere vuestra sentencia.
—Pues bien, con toda franqueza y sin rodeos,—dijo el médico ocupado aun en el arreglo de sus hierbas, pero observando con circunspección al Sr. Dimmesdale,—la enfermedad es muy extraña; no tanto en sí misma, ó en su manera de manifestarse exteriormente, á lo menos hasta donde puedo juzgar por los síntomas que me ha sido dado observar. Viéndoos diariamente, mi buen señor, y habiendo estudiado durante meses los cambios de vuestra fisonomía, podría quizás consideraros un hombre bastante enfermo, aunque no tan enfermo que un médico instruído y vigilante no abrigara la esperanza de curar. Pero—no sé qué decir,—la enfermedad parece serme conocida, y sin embargo no la conozco.
—Estáis hablando en enigmas, mi sabio señor, dijo el pálido ministro mirando por la ventana hacia afuera.