—Entonces, para hablar con más claridad,—continuó el médico, y os pido perdón, si es necesario que se me perdone la franqueza de mi lenguaje,—permitidme que os pregunte,—como amigo vuestro, á cuyo cargo ha puesto la Providencia vuestra vida y bienestar físico,—si me habéis expuesto y referido completamente todos los efectos y síntomas de esta enfermedad.

—¿Cómo podéis hacerme semejante pregunta?—replicó el ministro. Sería ciertamente un juego de niños llamar á un médico y ocultar la llaga.

—Me dais, pues, á entender que lo sé todo,—dijo Rogerio Chillingworth con acento deliberado y fijando en el ministro una mirada perspicaz, llena de intensa y concentrada inteligencia. Así será; pero aquel á quien se le expone solamente el mal físico y externo, á veces no conoce sino la mitad del mal para cuya curación se le ha llamado. Una enfermedad del cuerpo, que consideramos un todo completo en sí mismo, puede acaso no ser sino el síntoma de alguna perturbación puramente espiritual. Os pido de nuevo perdón, mi buen amigo, si mi lenguaje os ofende en lo más mínimo; pero de todos los hombres que he conocido, en ninguno, como en vos, la parte física se halla tan completamente amalgamada é identificada, si se me permite la expresión, con la parte espiritual de que aquella es el mero instrumento.

—En ese caso no necesito haceros más preguntas,—dijo el ministro levantándose un tanto precipitadamente de su asiento. No creo que tengáis á vuestro cargo la cura de almas.

—Esto hace,—continuó el médico sin alterar la voz, ni fijarse en la interrupción, pero poniéndose en pie frente al extenuado y pálido ministro,—que una enfermedad, que un lugar llagado, si podemos llamarlo así, en vuestro espíritu, tenga inmediatamente su manifestación adecuada en vuestra forma corpórea. ¿Quisiérais que vuestro médico curara el mal físico? Pero ¿cómo podrá hacerlo sin que primero le dejéis ver la herida ó pesadumbre de vuestra alma?

—¡No!—¡no á tí!—no á un médico terrenal!—exclamó el Sr. Dimmesdale con la mayor agitación y fijando sus ojos grandemente abiertos, brillantes, y con una especie de fiereza, en el viejo Rogerio Chillingworth. ¡No á tí! Pero si fuere una enfermedad del alma la que tengo, entonces me pondré en manos del único Médico del alma; él puede curar ó puede matar según juzgue más conveniente. Haga conmigo en su justicia y sabiduría lo que crea bueno. Pero ¿quién eres tú, que te mezclas en este asunto? ¿Tú, que te atreves á interponerte entre el paciente y su Dios?

Y con ademán furioso salió á toda prisa de la habitación.

—Me alegro de haber dado este paso,—se dijo el médico para sus adentros, siguiendo con las miradas al ministro y con una grave sonrisa. Nada hay perdido. Seremos amigos de nuevo y pronto. Pero ved ¡cómo la cólera se apodera de este hombre y lo pone fuera de sí! Y lo mismo que acontece con un sentimiento acontece con otro. Este piadoso Sr. Dimmesdale ha cometido antes de ahora una falta, en un momento de ardiente arrebato.

No fué difícil restablecer la intimidad de los dos compañeros, en el mismo estado y condición que antes. El joven ministro, después de unas cuantas horas de soledad, comprendió que el desorden de sus nervios le había hecho incurrir en una explosión de ira, sin que en las palabras del médico hubiera habido algo que pudiera disculparle. Se maravilló de la violencia con que había tratado al bondadoso anciano, cuando no hacía más que emitir una opinión y dar un consejo que eran parte de su deber como médico, y que él mismo había solicitado expresamente. Lleno de estas ideas de arrepentimiento, no perdió tiempo en darle la más completa satisfacción, y en suplicar á su amigo que continuase con su tarea y cuidados, que si no llegaban á restablecer completamente su salud, habían sido indudablemente parte á prolongar su débil existencia hasta aquella hora. El anciano Rogerio accedió fácilmente, y continuó su vigilancia médica, haciendo cuanto podía en beneficio del ministro, con la mayor buena fe, pero saliendo siempre de la habitación del paciente, después de una entrevista facultativa, con una sonrisa misteriosa y extraña en los labios. Esta expresión era invisible en la presencia de Dimmesdale, pero se volvía más intensa cuando el médico cruzaba el umbral.

—¡Un caso extraño!—murmuraba. Necesito escudriñarlo más profundamente. ¡Rara simpatía entre alma y cuerpo! Aunque no fuera más que en beneficio de la ciencia, tengo que investigar este asunto á fondo.