Poco tiempo después de la escena arriba referida, aconteció que el Reverendo Sr. Dimmesdale, al mediodía, y enteramente de improviso, cayó en profundísimo sueño mientras, sentado en su sillón, estaba leyendo un volumen en folio que yacía abierto sobre la mesa. La intensidad del reposo del ministro era tanto más notable, cuanto que era una de esas personas de sueño por lo común ligero, no continuado, y fácil de interrumpirse por la menor causa. Pero su espíritu no estaba tan hondamente aletargado, que le impidiera moverse en el sillón cuando el anciano médico, sin ningunas precauciones extraordinarias, entró en el cuarto. Chillingworth se dirigió sin vacilar á su enfermo amigo, y poniendo la mano en el seno de éste, echó á un lado el vestido que lo había mantenido cubierto siempre, aún á las miradas del facultativo.
Entonces fué cuando el Sr. Dimmesdale se estremeció y hasta se movió ligeramente.
Después de una breve pausa el médico se retiró. ¡Pero con qué feroz mirada de sorpresa, de alegría y de horror! ¡Con qué siniestro placer, demasiado intenso para que pudiera hallar plena expresión en sus miradas y facciones, y que por lo tanto se esparció por toda la fealdad de su rostro y cuerpo, manifestándose por medio de extravagantes gestos y ademanes, ya levantando los brazos hacia el cielo, ya golpeando el suelo con los pies! Si alguien hubiera podido ver en aquel momento de éxtasis al viejo Rogerio Chillingworth, no tendría que preguntarse cómo se comporta Satanás cuando logra que se pierda un alma preciosa para el cielo y la gana para el infierno.
Pero lo que distinguía el éxtasis del médico del que experimentaría Satanás, era la expresión de asombro que lo acompañaba.
XI
EL INTERIOR DE UN CORAZÓN
DESPUÉS del suceso últimamente referido, las relaciones entre Dimmesdale y el médico, aunque en apariencia las mismas, eran en realidad de un carácter distinto al que habían tenido antes. El médico veía ahora una senda bien sencilla que seguir, aunque no precisamente la que él se había trazado. Á pesar de lo tranquilo, apacible y frío que parecía, era de temerse que existiera en él un fondo de malignidad, hasta entonces latente, pero ahora activa, que le impulsaba á imaginar una venganza más íntima que la que ningún otro mortal hubiera tomado jamás de su enemigo. Aspiró á convertirse en el amigo fiel á cuyo corazón se confiara todo el temor, el remordimiento, la agonía, el arrepentimiento inútil, la repetida invasión de ideas pecaminosas que en vano había querido rechazar. Todo aquel dolor culpable, oculto á las miradas del mundo y del que éste se habría compadecido y le habría perdonado, debía revelársele á él, el Implacable, á él, que no perdonaría jamás. ¡Todo aquel tenebroso secreto tenía que mostrarse precisamente al hombre á quien ninguna otra cosa podría colmar, como esta y de una manera tan completa, el deseo de venganza!
La natural reserva y esquivez del joven ministro había sido un obstáculo para este plan. El médico, sin embargo, no estaba dispuesto á darse por satisfecho con el aspecto que, casi providencialmente, tomó el asunto en sustitución á los negros planes que él se trazara. Podía decir que se le había hecho una revelación; y poco le importaba que su procedencia fuera celestial ó infernal. Gracias á esa inesperada revelación, en todas sus relaciones subsecuentes con el Sr. Dimmesdale, parecía que lo más recóndito del alma del joven ministro estaba visible á los ojos del médico para que pudiese observar y estudiar sus más íntimas emociones. Desde entonces se convirtió, no sólo en espectador, sino también en actor principal de lo que pasaba en lo más recóndito del pecho del pobre ministro. Podía hacer de él lo que quisiera. Si se le antojaba despertarle con una sensación de agonía, ahí estaba su víctima sobre el potro del tormento. Sólo necesitaba mover ciertos resortes de su alma, que el médico conocía perfectamente. ¿Quería estremecerle con un súbito temor? Como si obedeciese á la varilla de un mágico prodigioso, surgían mil visiones de formas diferentes, que giraban en torno del infeliz eclesiástico con los dedos apuntando á su pecho.
Todo esto lo ejecutaba con tan perfecta sutileza, que el ministro, aunque constantemente con una vaga percepción de que algo maligno le estaba vigilando, nunca pudo darse cuenta exacta de su verdadera naturaleza. Es cierto que miraba con duda y temor, y aun á veces con espanto é intensa aversión, al viejo médico. Sus gestos, sus movimientos, su barba gris, sus acciones más insignificantes é indiferentes, hasta el corte y la moda de su traje, le eran odiosos: señal todo de una antipatía en el corazón del ministro más profunda de lo que él se hallaba dispuesto á confesarse á sí mismo. Y como era imposible asignar una causa á tal desconfianza y aversión, el Sr. Dimmesdale, con la conciencia de que el veneno de algún punto mórbido en su espíritu le estaba inficionando todo el corazón, atribuía á esto todos sus presentimientos. Se empeñó, pues, en curarse de sus antipatías hacia el viejo médico, y sin parar mientes en lo que debía haber deducido de ellas, hizo cuanto pudo para extirparlas. Siéndole imposible conseguirlo, continuó sus hábitos de relaciones familiares con el anciano, proporcionándole de este modo oportunidades constantes para que el vengativo médico,—pobre y mísera criatura más infeliz que su víctima,—consiguiese el fin á que había dedicado toda su energía.
Mientras padecía corporalmente, con el alma corroída y atormentada por alguna causa tenebrosa, y entregado por completo á las maquinaciones de su más mortal enemigo, el Reverendo Sr. Dimmesdale había ido alcanzado una brillante popularidad en su sagrado ministerio. En gran parte la obtuvo seguramente merced á sus padecimientos. Sus dotes intelectuales, sus percepciones morales, su facultad de comunicar á otros las emociones que él mismo experimentaba, le mantenían en un estado de actividad sobrenatural debido á la angustia é inquietud de su vida diaria. Su fama, aunque todavía en constante ascenso, había dejado ya en la sombra las reputaciones menos brillantes de algunos de sus colegas, entre los cuales se contaban hombres que habían empleado en adquirir sus conocimientos teológicos muchos más años que los que tenía de edad el Sr. Dimmesdale, y que por lo tanto deberían de hallarse mucho más llenos de sólida ciencia que su joven compañero. Había otros dotados de más tenaz empeño, de mayor peso y gravedad, cualidades que, unidas á cierta dosis de conocimientos teológicos, constituye una variedad eficiente y altamente digna de respeto, aunque poco amable, de la especie clerical. Otros había, verdaderos Santos Padres, cuyas facultades se habían desenvuelto con el paciente, constante é infatigable estudio de los libros, y cuya pureza de vida puede decirse que los había puesto en comunicación espiritual con un mundo superior. Pero todos estos hombres carecían de aquel don divino que descendió sobre los discípulos del Señor en lenguas de llamas el día de Pentecostés, simbolizando, no solo la facultad de hablar en idiomas extraños y desconocidos, sino la de dirigirse á todo el género humano en el idioma propio del corazón. Todos estos ministros, por lo demás muy apostólicos, carecían de ese don divino de una lengua de llamas. Vanamente habrían procurado, dado el caso que lo intentaran, expresar las verdades más sublimes por medio de voces é imágenes familiares.
Probablemente que á esta clase pertenecía el Sr. Dimmesdale tanto por temperamento como por educación. Se habría remontado á las altas cimas de la fe y de la santidad, á no habérselo impedido el peso del crímen, de la angustia, ó de lo que fuere, que le arrastraba hacia abajo. Este peso,—no obstante ser él un hombre de etéreos atributos cuya voz hubieran escuchado tal vez los mismos ángeles,—le mantenía al nivel de los más humildes; pero al mismo tiempo le ponía en más íntima relación con la humanidad pecadora, de modo que su corazón vibraba al unísono del de ésta, comprendiendo sus dolores, y haciendo compartir los suyos propios á millares de corazones, por medio de su elocuencia melancólica y persuasiva, aunque á veces terrible. El pueblo culpable conocía el poder que de tal modo lo conmovía. Las gentes pensaban que el joven ministro era un milagro de santidad: se imaginaban que por su boca hablaba el cielo, ya para consolarlas, ya para reprobarlas ó bien para decirles palabras de amor ó de sabiduría. Á sus ojos, el terreno que pisaba estaba santificado. Las jóvenes doncellas de su iglesia se volvían cada vez más pálidas en torno suyo, víctimas de una pasión tan llena de sentimiento religioso, que imaginaban ser todo solamente religión, y la ofrecían públicamente al pie de los altares como el más aceptable de los sacrificios. Los miembros ancianos de su feligresía, contemplando la delicada constitución física del Sr. Dimmesdale, y comparándola con el vigor de las suyas, á pesar de la diferencia de edad, creían que les precedería en su viaje á la región celestial, y recomendaban á sus hijos que enterrasen sus viejos restos junto á la santa fosa del joven ministro. Y mientras tanto, cuando el infortunado Sr. Dimmesdale pensaba en su sepultura, se preguntaba si sería posible que la hierba creciera sobre ella, puesto que allí había de enterrarse una cosa maldecida.