¡Es inconcebible la angustia de que le llenaba esta veneración pública! Adorar la verdad era en él un impulso genuino, así como considerar vacío, vano y completamente desprovisto de todo peso y valor, lo que no estaba vivificado por la verdad. ¿Qué era él, pues? ¿Algo corpóreo, ó la más impalpable de las sombras? Anhelaba, por lo tanto, hablar una vez por todas desde lo alto de su púlpito, y decir en alta voz, ante todo el mundo, lo que él en realidad era:—"Yo, á quien veis vestido con este negro traje del sacerdocio;—yo, que asciendo al sagrado púlpito y levanto hacia el cielo el rostro pálido tratando de ponerme en relación, en nombre vuestro, con el Todopoderoso;—yo, en cuya vida diaria creéis discernir la santidad de Enoch;—yo, cuyas pisadas, como suponéis, dejan una huella luminosa en mi sendero terrenal, que servirá á los peregrinos que vengan después de mí para guiarlos á la región de los bienaventurados;—yo, que he puesto el agua del bautismo sobre la cabeza de vuestros hijos;—yo, que he repetido las últimas preces por las almas de los que han partido para siempre;—yo, vuestro pastor, á quien tanto reverenciáis y en quien tanto confiáis, yo no soy más que una mentira y una profanación."

Más de una vez el Reverendo Dimmesdale había subido al púlpito con el firme propósito de no descender hasta haber pronunciado palabras como las anteriores. Más de una vez se había limpiado la garganta, y tomado largo, profundo y trémulo aliento para librarse del tenebroso secreto de su alma. Más de una vez,—no, más de cien veces,—había realmente hablado. ¡Hablado! Pero ¿cómo? Había dicho á sus oyentes que él era un sér completamente abyecto, el más abyecto entre los abyectos, el peor de los pecadores, una abominación, una cosa de iniquidad increíble; y que lo único digno de sorpresa era que no viesen su miserable cuerpo calcinarse en su presencia por la ardiente cólera del Todopoderoso. ¿Podía darse un lenguaje más claro que éste? ¿No se levantarían los oyentes de sus asientos, por impulso simultáneo, y le harían descender del púlpito que estaba contaminando con su presencia? No; de ningún modo. Todos oyeron eso, y todos le reverenciaron mucho más. No tenían la menor sospecha del terrible alcance de estas palabras con que él mismo se condenaba. "¡El excelente joven!—se decían unos á otros. ¡El santo sobre la tierra! ¡Ay! si en la pureza de armiño de su alma puede él percibir semejante iniquidad, ¡qué horrible espectáculo no verá en la tuya ó en la mía!"

Bien sabía Dimmesdale,—hipócrita sutil, aunque lleno de remordimientos,—de qué modo se consideraría esta vaga confesión. Había tratado de forjarse una especie de ilusión, exponiendo al público el espectáculo de una conciencia culpable, pero consiguió solamente recargarse con un nuevo pecado, y agregar una nueva vergüenza á la antigua, sin obtener siquiera el momentáneo consuelo de engañarse á sí mismo. Había hablado la pura verdad, transformándola sin embargo en la falsedad más completa. Y no obstante esto, por instinto, por educación, por principios, amaba la verdad y aborrecía la mentira como pocos hombres. Pero ante todas cosas, y más que todo, se detestaba á sí propio.

Sus angustias íntimas le habían llevado á adoptar prácticas más en armonía con las de la iglesia católica, que no con las de la protestante en que había nacido y se había educado. Encerrándose en su alcoba, bajo llave, se entregaba al empleo de la disciplina en su enfermo cuerpo. Con frecuencia este ministro protestante y puritano se las había aplicado á las espaldas, riéndose amargamente de sí mismo al mismo tiempo, y fustigándose aun más implacablemente á causa de esta risa amarga. Como otros muchos piadosos puritanos tenía por costumbre ayunar; aunque no como ellos para purificar el cuerpo y hacerlo más digno de la inspiración celestial, sino de una manera rigorosa, hasta que le temblaban las rodillas, y como un acto de penitencia. Pasaba también en vela noche tras noche, algunas veces en completa obscuridad; otras alumbrado sólo por la luz vacilante de una lámpara; y otras contemplándose el rostro en un espejo iluminado por la luz más fuerte que le era posible obtener, simbolizando de este modo el constante examen interior con que se torturaba, pero con el cual no podía purificarse.

En estas prolongadas vigilias su cerebro se turbaba, y entonces creía ver visiones que flotaban ante sus ojos; quizás las percibía confusamente á la débil luz que de ellas irradiaba, en la parte más remota y obscura de su habitación, ó más distintamente, y á su lado, reflejándose en el espejo. Ya era una manada de formas diabólicas que hacían visajes al pálido ministro, mofándose de él é invitándole á seguirlas; ya un grupo de brillantes ángeles que se remontaban al cielo, llenos de dolor, tornándose más etéreos á medida que ascendían. Ó eran los amigos de su juventud, ya muertos, y su padre, de blanca barba, frunciendo piadosamente el entrecejo, y su madre, que le volvía el rostro al pasar por su lado. ¡Espíritu de una madre! Creo que habría arrojado una mirada de compasión á su hijo. Y luego, al través de la habitación que hacían tan horrible estas visiones espectrales, se deslizó Ester Prynne, llevando de la mano á Perlita, en su traje color de escarlata, y señalando con el índice, primeramente la letra que brillaba en su seno, y luego el pecho del joven eclesiástico.

Ninguna de estas visiones le engañó jamás por completo. En cualquier instante, con un esfuerzo de su voluntad, podía convencerse de que no eran sustancias corpóreas sino creaciones de su inquieta imaginación; pero á pesar de todo, en cierto sentido, eran las cosas más verdaderas y reales con que el pobre ministro tenía ahora que hacer. En una vida tan falsa como la suya, el dolor más indecible consistía en que las realidades que nos rodean, destinadas por el cielo para sustento y alegría de nuestro espíritu, se veían privadas de lo que constituye su propia vida y esencia. Para el hombre falso, el universo entero es falso, impalpable, y todo lo que palpa se convierte en nada. Y él mismo, mostrándose bajo un falso aspecto, se convierte en una sombra, ó acaso cesa de existir. La única verdad que continuaba dando al Sr. Dimmesdale una existencia real en este mundo, era la agonía latente en lo más recóndito de su alma, y la no disfrazada expresión de la misma en todo su aspecto exterior. Si hubiera hallado una vez la facultad de sonreir, y presentar un rostro alegre, no habría sido el hombre que era.

En una de esas terribles noches que hemos tratado vanamente de describir, el ministro se levantó sobresaltado de su asiento. Una nueva idea se le había ocurrido. Podría haber un momento de paz en su alma. Vistiéndose con el mismo esmero que si fuera á desempeñar su sagrado ministerio, y precisamente de la misma manera, descendió las escaleras sin hacer ruido, abrió la puerta y salió á la calle.

XII
LA VIGILIA DEL MINISTRO

ANDANDO como en un sueño, y quizá realmente bajo la influencia de una especie de sonambulismo, el Sr. Dimmesdale llegó al lugar en que, años atrás, Ester había sufrido las primeras horas de su ignominia pública. El mismo tablado, negro y percudido por las lluvias, soles y tormentas de siete largos años, con los escalones gastados por las pisadas de los muchos reos que desde aquella época los habían subido, se elevaba allí bajo el balcón de la iglesia ó casa de reunión. El ministro ascendió los escalones.

Era una obscura noche de principios de Mayo. El cielo estaba cubierto en toda su extensión con un manto espeso de nubes. Si la misma multitud que presenció el castigo de Ester Prynne hubiera podido ser convocada ahora, no le habría sido posible distinguir las facciones de rostro alguno en el tablado, ni apenas los contornos de una forma humana en las profundas tinieblas de la media noche. Pero la población toda estaba entregada al sueño. No había peligro de que pudieran sus moradores descubrir nada. El ministro podía permanecer allí de pie, si así le agradaba, hasta que la mañana tiñera de rojo el oriente, sin correr otro riesgo sino el daño que el aire frío y húmedo de la noche pudiera ocasionar á su organismo. Ningún ojo alcanzaría á verle, excepto Aquél, siempre alerta y despierto, que le había visto cuando estaba encerrado en su alcoba retirada azotándose con las sangrientas disciplinas. ¿Por qué, pues, había ido allí? ¿Era aquello acaso una parodia de penitencia? Sí, una parodia, pero en la cual su alma se engañaba á sí misma mientras los ángeles vertían triste llanto y el enemigo de los hombres se regocijaba. Había ido allí arrastrado á impulsos del Remordimiento, que donde quiera le acosaba, y cuya compañera era aquella Cobardía que invariablemente le hacía retroceder en el momento mismo en que iba á desplegar los labios. ¡Pobre, infeliz hombre! ¿Qué derecho tenía de abrumar bajo el peso del delito hombros tan flacos como los suyos? El crimen es para los fuertes que ó pueden soportarlo en silencio, ó librarse de él descargando de una vez su conciencia si encuentran el peso demasiado grave. Pero esta alma tan extremadamente débil y sensible no podía hacer ni lo uno ni lo otro, sino vacilar contínuamente entre los dos extremos, enredándose cada vez más en los lazos inextricables de la agonía de un inútil arrepentimiento y de un oculto delito.