—¡Perla! ¡Perlita!—exclamó después de un momento de pausa; y luego, con voz más baja, agregó:—Ester, Ester Prynne, ¿estáis ahí?
—Sí; es Ester Prynne,—replicó ella con acento de sorpresa;—y el ministro oyó sus pisadas que se iban acercando.—Soy yo y mi pequeña Perla.
—¿De dónde venís, Ester?—preguntó el ministro. ¿Qué os ha traído aquí?
—He estado velando á un moribundo,—respondió Ester,—he estado junto al lecho de muerte del Gobernador Winthrop, he tomado las medidas para su traje, y ahora me dirijo á mi habitación.
—Sube aquí, Ester; ven tu con Perlita, dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale. Ambas habéis estado aquí antes de ahora, pero yo no me hallaba á vuestro lado. Subid aquí una vez más, y los tres estaremos juntos.
Ester subió en silencio los escalones, y permaneció de pie en el tablado, asiendo á Perla de la mano. El ministro tomó entre las suyas la otra mano de la niña. No bien lo hizo, parece como si una nueva vida hubiera penetrado en su sér, invadiendo su corazón á manera de un torrente y esparciéndose por sus venas. Se diría que madre é hija estaban comunicando su calor vital á la naturaleza medio congelada del joven eclesiástico. Los tres formaban una cadena eléctrica.
—¡Ministro!—susurró la pequeña Perla.
—¿Qué deseas decir, niña?—le preguntó el Sr. Dimmesdale.
—¿Quieres estar aquí mañana al mediodía con mi madre y conmigo?—preguntó Perla.
—No; no así, Perlita mía,—respondió el ministro; porque con la nueva energía adquirida en aquel instante, se apoderó de él todo el antiguo temor de revelación pública que por tanto tiempo fué la agonía de su vida, y ya estaba temblando, aunque con una mezcla de extraña alegría, al fijarse en la situación en que se encontraba en la actualidad.—No, no así, niña mía, continuó. Estaré de pie contigo y con tu madre otro día; sí, otro día; pero no mañana.