Perla se rió é intentó desasir la mano que le tenía asida el ministro, pero éste la mantuvo firme.
—Un instante más, niña mía,—dijo.
—Pero ¿quieres prometerme que mañana al mediodía nos tomarás de la mano á mi madre y á mí?—le preguntó Perla.
—No, no mañana, Perla,—dijo el ministro,—pero otro día.
—¿Qué día?—persistió la niña.
—En el gran día del Juicio Final,—murmuró el eclesiástico, que se vió como obligado á responder de este modo á la niña en su carácter sagrado de ministro del altar.—Entonces, y allí ante el Juez Supremo, continuó, tendremos que comparecer tu madre, tú y yo, al mismo tiempo. Pero la luz del sol de este mundo no habrá de vernos reunidos.
Perla empezó á reir de nuevo.
Pero antes de que el Sr. Dimmesdale hubiera terminado de hablar, brilló una luz en toda la extensión del obscuro horizonte. Fué sin duda uno de esos meteoros que el observador nocturno puede ver á menudo, que se inflaman, brillan y se extinguen rápidamente en las regiones del espacio. Tan intenso fué su esplendor, que iluminó por completo la densa masa de nubes entre el firmamento y la tierra. La bóveda celeste resplandeció de tal modo, que dejó ver la calle como si estuviera alumbrada por la luz del mediodía, pero con la extrañeza que siempre comunica á los objetos familiares una claridad no acostumbrada. Las casas de madera, con sus pisos que sobresalían y sus curiosos caballetes rematados en punta; las escaleras de las puertas y los quicios con las primeras hierbas de la primavera que empezaban á brotar en las cercanías; los bancos de tierra de los jardines que parecían negros con la tierra removida recientemente;—todo se volvió visible, pero con una singularidad de aspecto que parecía darle á los objetos una significación diferente de la que antes tenían. Y allí estaba el ministro con la mano puesta sobre el corazón; y Ester Prynne, con la letra bordada brillando en su seno; y la pequeña Perla que era en sí misma un símbolo y el lazo de unión entre aquellos dos seres. Allí estaban de pie al fulgor de aquella extraña y solemne luz, como si ésta fuera la que había de revelar todos los secretos, y fuera también la alborada que había de reunir todos los que mutuamente se pertenecían.
En los ojos de Perla había cierta expresión misteriosa, y en su rostro, cuando lo alzó para mirar al ministro, aquella sonrisa maliciosa que la hacía comparar á un trasgo. Retiró su mano de la del Sr. Dimmesdale, y señaló al otro lado de la calle. Pero él cruzó las manos sobre el pecho y levantó las miradas hacia el cielo.
Nada era tan común en aquellos tiempos como interpretar todas las apariciones meteóricas, y todos los otros fenómenos naturales, que ocurren con menos regularidad que la salida y la puesta del sol y de la luna, como otras tantas revelaciones de origen sobrenatural. Así es que una lanza brillante, una espada de llamas, un arco, ó un haz de flechas, pronosticaban una guerra con los indios. Era sabido que una lluvia de luz carmesí indicaba una epidemia. Dudamos mucho que haya acontecido algo notable en la Nueva Inglaterra, desde los primeros días de su colonización hasta el tiempo de la guerra de la Independencia, de que los habitantes no hubieran tenido un previo aviso merced á un espectáculo de esta naturaleza. Á veces había sido visto por la multitud; pero con mucha mayor frecuencia, todo reposaba en el mero dicho de un solitario espectador que había contemplado el maravilloso fenómeno al través del trastornador vidrio de aumento de su imaginación, dándole más tarde una forma más precisa. Era sin duda una idea grandiosa pensar que el destino de las naciones debía revelarse en estos sorprendentes geroglíficos en la bóveda celeste. Entre nuestros antepasados era una creencia muy extendida, indicando que su naciente comunidad estaba bajo la custodia especial del cielo. Pero ¿qué diremos cuando un individuo descubre una revelación en ese mismo libro misterioso dirigida á él solamente? En ese caso, sería únicamente el síntoma de una alteración profunda del espíritu, si un hombre, en consecuencia de un dolor prolongado, intenso y secreto, y de la costumbre mórbida de estarse estudiando constantemente, ha llegado á asociar su personalidad á la naturaleza entera, hasta el extremo de que el firmamento no venga á ser sino una página adecuada para la historia del futuro destino de su alma.