Por lo tanto, á esta enfermedad de su espíritu atribuímos la idea de que el ministro, al dirigir sus miradas hacia el cielo, creyese contemplar en él la figura de una inmensa letra,—la letra A,—dibujada con contornos de luz de un rojo obscuro. En aquel lugar, y ardiendo opacamente, solo se había dejado ver un meteoro al través de un velo de nubes; pero no con la forma que su culpable imaginación le prestaba, ó á lo menos, de una manera tan poco definida, que otra conciencia delincuente podría haber visto en él otro símbolo distinto.

Había una circunstancia especial que caracterizaba el estado psicológico del Sr. Dimmesdale en aquel momento. Todo el tiempo que estuvo mirando al zenit, tenía la plena conciencia de que Perla estaba apuntando con el dedo en dirección del viejo Rogerio Chillingworth, que se hallaba en pie no muy distante del tablado. El ministro parecía verle con la misma mirada con que discernía la letra milagrosa. Así como á los demás objetos, la luz meteórica comunicaba una nueva expresión á las facciones del médico; ó bien pudiera suceder que éste no se cuidaba en esta ocasión, como siempre lo hacía, de ocultar la malevolencia con que miraba á su víctima. Ciertamente, si el meteoro iluminó el espacio é hizo visible la tierra con un fulgor solemne que obligó á recordar al clérigo y á Ester el día del Juicio Final, en ese caso Rogerio Chillingworth debió parecerles el gran enemigo del género humano, que se presentaba allí con una sonrisa amenazadora reclamando lo que le pertenecía. Tan viva fué aquella expresión, ó tan intensa la percepción que de ella tuvo el ministro, que le pareció que permanecía visible en la obscuridad, aun después de desvanecida la luz del meteoro, como si la calle y todo lo demás hubiera desaparecido por completo.

—¿Quién es ese hombre, Ester?—preguntó Dimmesdale con voz trémula, sobrecogido de terror.—Me estremezco al verlo. ¿Conoces á ese hombre? Le odio, Ester.

Ella recordó su juramento y permaneció en silencio.

—Te repito que mi alma se estremece en su presencia,—murmuró el ministro de nuevo.—¿Quién es? ¿Quién es? ¿No puedes hacer nada por mí? Ese hombre me inspira un horror indecible.

—Ministro, dijo Perlita, yo puedo decirte quién es.

—Pronto, niña, pronto,—dijo el ministro inclinando el oído junto á los labios de Perla.—Pronto, y tan bajo como te sea posible.

Perla murmuró algo á su oído que resonaba á manera de lenguaje humano, cuando no era en realidad sino la jerigonza ininteligible y sin sentido alguno que usan á veces los niños para divertirse cuando están juntos. De todos modos, no le comunicó ninguna noticia secreta acerca del viejo facultativo. Era un idioma desconocido para el erudito clérigo, que sólo sirvió para aumentar la confusión de su espíritu. La niña entonces prorrumpió en una carcajada.

—¿Te burlas de mí ahora?—dijo el ministro.

—No has sido valiente, no has sido sincero,—respondió la niña,—no quisiste prometerme que nos tomarías de la mano á mí y á mi madre mañana al mediodía.