¡Á tal estado de infortunio y miseria había ella traído al hombre que en otro tiempo,—y, ¿por qué no decirlo?—que aun amaba apasionadamente! Ester comprendió que el sacrificio del buen nombre del eclesiástico y hasta la muerte misma, como se lo había dicho á Rogerio Chillingworth, habrían sido infinitamente preferibles á la alternativa que ella se había visto obligada á escoger. Y ahora, más bien que tener que confesar este funesto error, hubiera querido arrojarse sobre las hojas de la selva y morir allí á los pies de Arturo Dimmesdale.

—¡Oh Arturo!—exclamó Ester,—¡perdóname! En todas las cosas de este mundo he tratado de ser sincera y atenerme á la verdad. La única virtud á que podía haberme aferrado, y á la que me aferré fuertemente hasta la última extremidad, ha sido la verdad; en todas las circunstancias lo hice, excepto cuando se trató de tu bien, de tu vida, de tu reputación; entonces consentí en el engaño. Pero una mentira nunca es buena, aun cuando la muerte nos amenace, ¿No adivinas lo que voy á decir?... Ese anciano,—ese médico,—ese á quien llaman Rogerio Chillingworth... ¡fué mi marido!

Arturo Dimmesdale la miró un instante con toda aquella violenta pasión que,—entrelazada de más de un modo á sus otras cualidades más elevadas, puras y serenas,—era en realidad la parte á que dirigía sus ataques el enemigo del género humano, y por medio de la cual trataba de ganar todo el resto. Nunca hubo en su rostro una expresión de cólera tan sombría y feroz como la que entonces vió Ester. Durante el breve espacio de tiempo que duró, fué verdaderamente una horrible transformación. Pero el carácter de Dimmesdale en tal manera se había debilitado por el sufrimiento, que aun esos arranques de energía de un grado inferior no podían durar sino un rápido momento. Se arrojó al suelo y sepultó el rostro entre las manos.

—¡Debía haberlo conocido!—murmuró.—Sí: lo conocí, ¿No me reveló ese secreto la voz íntima de mi corazón desde la primera vez que le ví, y después cuantas veces le he visto desde entonces? ¿Por qué no lo comprendí? ¡Oh Ester Prynne! ¡qué poco, qué poco conoces todo el horror de esto! ¡Y la vergüenza!... ¡la vergüenza!... ¡la horrible fealdad de exponer un corazón enfermo y culpado á las miradas del hombre que con ello tanto había de regocijarse!... ¡Mujer, mujer, tú eres responsable de esto!... ¡Yo no puedo perdonarte!

—Sí, sí; tú tienes que perdonarme,—exclamó Ester arrojándose junto á él sobre las hojas del suelo.—¡Castígueme Dios, pero tú tienes que perdonarme!

Y con un rápido y desesperado arranque de ternura le rodeó el cuello con los brazos y le estrechó la cabeza contra su seno, sin cuidarse de si la mejilla del ministro reposaba sobre la letra escarlata. Dimmesdale, aunque en vano, intentó desasirse de los brazos que así le estrechaban. Ester no quiso soltarle por temor de que fijase en ella una mirada severa. El mundo entero la había rechazado, y durante siete largos años había mirado con ceño á esta pobre mujer solitaria,—y ella lo había sufrido todo, sin devolver siquiera al mundo una mirada de sus ojos firmes, aunque tristes. El cielo también la había mirado con ceño, y ella no había sucumbido sin embargo. Pero el ceño de este hombre pálido, débil, pecador, á quien el pesar abatía de tal modo, era lo que Ester no podía soportar y seguir viviendo.

—¿No me quieres perdonar? ¿No quieres perdonarme?—repetía una y otra vez.—¡No me rechaces! ¿Me quieres perdonar?

—Sí, te perdono, Ester,—replicó el ministro al fin, con hondo acento salido de un abismo de tristeza, pero sin cólera.—Te perdono ahora de todo corazón. Así nos perdone Dios á entrambos. No somos los más negros pecadores del mundo, Ester. ¡Hay uno que es aun peor que este contaminado ministro del altar! La venganza de ese anciano ha sido más negra que mi pecado. Á sangre fría ha violado la santidad de un corazón humano. Ni tú ni yo, Ester, jamás lo hicimos.

—No: nunca, jamás,—respondió ella en voz baja. Lo que hicimos tenía en sí mismo su consagración, y así lo comprendimos. Nos lo dijimos mutuamente. ¿Lo has olvidado?

—Silencio, Ester, silencio,—dijo Arturo Dimmesdale alzándose del suelo;—no: no lo he olvidado.