Se sentaron de nuevo uno al lado del otro sobre el musgoso tronco del árbol caído, con las manos mutuamente entrelazadas. Hora más sombría que ésta jamás les había traído la vida en el curso de los años: era el punto á que sus sendas se habían ido aproximando por tanto tiempo, obscureciéndose cada vez más y más á medida que avanzaban, y sin embargo tenía todo aquello un encanto singular que les hacía detenerse un instante, y otro, y después otro, y aun otro más. Tenebroso era el bosque que les rodeaba, y las ramas de los árboles crujían agitadas por ráfagas violentas, mientras un solemne y añoso árbol se quejaba lastimosamente como si refiriese á otro árbol la triste historia de la pareja que allí se había sentado, ó estuviera anunciando males futuros.

Y allí permanecieron aun más tiempo. ¡Cuán sombrío les parecía el sendero que llevaba á la población, donde Ester Prynne cargaría de nuevo con el peso de su ignominia y el ministro se revestiría con la máscara de su buen nombre! Y así permanecieron un instante más. Ningún rayo de luz, por dorado y brillante que fuera, había sido jamás tan precioso como la obscuridad de esta selva tenebrosa. Aquí, vista solamente por los ojos del ministro, la letra escarlata no ardía en el seno de la mujer caída. Aquí, visto solamente por los ojos de Ester, el ministro Dimmesdale, falso ante Dios y falso para con los hombres, podía ser sincero un breve momento.

Dimmesdale se sobresaltó á la idea de un pensamiento que se le ocurrió súbitamente.

—¡Ester!—exclamó—¡he aquí un nuevo horror! Rogerio Chillingworth conoce tu propósito de revelarme su verdadero carácter. ¿Continuará entonces guardando nuestro secreto? ¿Cuál será ahora la nueva faz que tome su venganza?

—Hay en su naturaleza una extraña discreción,—replicó Ester pensativamente,—nacida tal vez de sus ocultos manejos de venganza. Yo no creo que publique el secreto, sino que busque otros medios de saciar su sombría pasión.

—¿Y cómo podré yo vivir por más tiempo respirando el mismo aire que respira este mi mortal enemigo?—exclamó Dimmesdale, todo trémulo, y llevándose nerviosamente la mano al corazón,—lo que ya se había convertido en él en acto involuntario.—Piensa por mí, Ester; tú eres fuerte. Resuelve por mí.

—No debes habitar más tiempo bajo un mismo techo con ese hombre,—dijo Ester lenta y resueltamente.—Tu corazón no debe permanecer por más tiempo expuesto á la malignidad de sus miradas.

—Sería peor que la muerte,—replicó el ministro,—¿pero cómo evitarlo? ¿Qué elección me queda? ¿Me tenderé de nuevo sobre estas hojas secas, donde me arrojé cuando me dijiste quien era? ¿Deberé hundirme aquí y morir de una vez?

—¡Ah! ¡de qué infortunio eras presa!—dijo Ester con los ojos anegados en llanto.—¿Quieres morir de pura debilidad de espíritu? No hay otra causa.

—El juicio de Dios ha caído sobre mí,—dijo el eclesiástico cuya conciencia estaba como herida de un rayo.—Es demasiado poderoso para luchar contra él.