—Tú partirás,—dijo Ester con reposado acento al encontrar las miradas de Dimmesdale.
Una vez tomada la decisión, el brillo de una extraña alegría esparció su vacilante esplendor sobre el rostro inquieto del ministro. Fué el efecto animador que experimenta un prisionero, que precisamente acaba de librarse del calabozo de su propio corazón, al respirar la libre y borrascosa atmósfera de una región selvática, sin leyes y sin freno de ninguna especie. Su espíritu se elevó, como de un golpe, á alturas más excelsas de las que le fué dado alcanzar durante todos los años que el infortunio le había mantenido clavado en la tierra; y como era de un temperamento en extremo religioso, en su actual animación había inevitablemente algo espiritual.
—¿Siento de nuevo la alegría?—se preguntaba, sorprendido de sí mismo.—Creía que el germen de todo contento había muerto en mí. ¡Oh Ester, tú eres mi ángel bueno! Me parece que me arrojé, enfermo, contaminado por la culpa, abatido por el dolor, sobre estas hojas de la selva, y que me he levantado otro hombre completamente nuevo, y con nuevas fuerzas para glorificar á Aquel que ha sido tan misericordioso. Esta es ya una vida mejor. ¿Por qué no nos hemos encontrado antes?
—No miremos hacia atrás,—respondió Ester,—lo pasado es pasado: ¿para qué detenernos ahora en él? ¡Mira! con este símbolo deshago todo lo hecho y procedo como si nunca hubiera existido.
Y diciendo esto, desabrochó los corchetes que aseguraban la letra escarlata, y arrancándola de su pecho la arrojó á una gran distancia entre las hojas secas. El símbolo místico cayó en la misma orilla del arroyuelo, y á poco más lo habría hecho en el agua que le hubiera arrastrado en su melancólica corriente, agregando un nuevo dolor á la historia que constantemente estaba refiriendo en sus murmullos. Pero allí quedó la letra bordada brillando como una joya perdida que algún malhadado viajero podría recoger, para verse después perseguido quizá por extraños sueños de crimen, abatimiento del corazón é infortunio sin igual.
Una vez arrojada la insignia fatal, dió Ester un largo y profundo suspiro con el que su espíritu se libró de la vergüenza y angustia que la habían oprimido. ¡Oh exquisito alivio! No había conocido su verdadero peso hasta que se sintió libre de él. Movida de otro impulso, se quitó la gorra que aprisionaba sus cabellos, que cayeron sobre sus espaldas, ricos, negros, con una mezcla de luz y sombra en su abundancia, comunicándole al rostro todo el encanto de una suave expresión. Jugueteaba en los labios y brillaba en los ojos una tierna y radiante sonrisa, que parecía tener su origen en su femenino corazón. Las mejillas, tan pálidas hasta entonces, se veían animadas de rosado color. Su sexo, su juventud, y toda la riqueza de su hermosura se diría que habían surgido de nuevo de lo que se llama el pasado irrevocable, y se agrupaban en torno de ella con su esperanza virginal y una felicidad hasta entonces desconocida, y todo dentro del mágico círculo de esta hora. Y como si la obscuridad y tristeza de la tierra y del firmamento solo hubieran sido el reflejo de lo que pasaba en el corazón de estos dos mortales, se desvanecieron también con su dolor. De pronto, como con repentina sonrisa del cielo, el sol hizo una especie de irrupción en la tenebrosa selva, derramando un torrente de esplendor, alegrando cada hoja verde, convirtiendo las amarillentas en doradas, y brillando entre los negruzcos troncos de los solemnes árboles. Los objetos, que hasta entonces habían esparcido solamente sombras, eran ahora cuerpos luminosos. El curso del arroyuelo podría trazarse, merced á su alegre murmullo, hasta allá á lo lejos en el misterioso centro de aquella selva que se había convertido en testigo de una alegría aún más misteriosa.
Tal fué la simpatía de la Naturaleza con la felicidad de estos dos espíritus. El amor, ya brote por vez primera, ó surja de cenizas casi apagadas, siempre tiene que crear un rayo de sol que llena el corazón de esplendores tales, que se esparcen en todo el mundo interior. Si la selva hubiera conservado aun su triste obscuridad, habría parecido sin embargo brillante á los ojos de Ester, y brillante igualmente á los de Arturo Dimmesdale.
Ester le dirigió una mirada llena de la luz de una nueva alegría.
—Tienes que conocer á Perla,—le dijo,—¡nuestra Perlita! Tú la has visto,—sí, yo lo sé,—pero la verás ahora con otros ojos. Es una niña singular. Apenas la comprendo. Pero tú la amarás tiernamente, como yo, y me aconsejarás acerca del modo de manejarla.
—¿Crees que la niña se alegrará de conocerme?—preguntó el ministro visiblemente inquieto.—Siempre me he alejado de los niños, porque con frecuencia demuestran cierta desconfianza, una especie de encogimiento en entrar en relaciones familiares conmigo. ¡Yo he temido siempre á Perla!