—Eso era triste,—respondió la madre,—pero ella te amará tiernamente y tú la amarás también. No se encuentra muy lejos. Voy á llamarla. ¡Perla! ¡Perla!

—Desde aquí la veo,—observó el ministro.—Allí está, en medio de la luz del sol, al otro lado del arroyuelo. ¿De modo que crees que la niña me amará?

Ester sonrió y llamó de nuevo á Perla que estaba visible á cierta distancia, como el ministro había dicho, y semejaba una brillante visión iluminada por un rayo de sol que caía sobre ella al través de las ramas de los árboles. El rayo se agitaba de un lado á otro, haciendo que la niña pareciera más ó menos confusa, ya como una criatura humana, ora como una especie de espíritu, á medida que el esplendor desaparecía y retornaba. Oyó la voz de su madre, y se dirigió á ella cruzando lentamente la selva.

Perla no había hallado largo ni fastidioso el tiempo, mientras su madre y el ministro estuvieron hablando. La gran selva, que tan sombría y severa se presentaba á los que allí traían la culpa y las angustias del mundo, se convirtió en compañera de los juegos de esta solitaria niña. Se diría que, para divertirla, había adoptado las maneras más cautivadoras y halagüeñas: le ofreció bayas exquisitas de rojizo color, que la niña recogió, deleitándose con su agreste sabor. Los pequeños moradores de aquella soledad apenas se apartaban del camino de la niña. Cierto es que una perdiz, seguida de diez perdigones, se adelantó hacia ella con aire amenazador, pero pronto se arrepintió de su fiereza y se volvió tranquila al lado de su tierna prole, como diciéndoles que no tuvieran temor. Un pichón de paloma, que estaba solo en una rama baja, permitió á Perla que se le acercase, y emitió un sonido que lo mismo podía ser un saludo que un grito de alarma. Una ardilla, desde lo alto del árbol en que tenía su morada, charlaba en són de cólera ó de alegría, porque una ardilla es un animalito tan colérico y caprichoso que es muy difícil saber si está iracundo ó de buen humor, y le arrojó una nuez á la cabeza. Una zorra, á la que sobresaltó el ruido ligero de los pasos de la niña sobre las hojas, miró con curiosidad á Perla como dudando qué sería mejor, si alejarse de allí, ó continuar su siesta como antes. Se dice que un lobo,—pero aquí ya la historia ha degenerado en lo improbable,—se acercó á Perla, olfateó el vestido de la niña é inclinó la feroz cabeza para que se la acariciara con su manecita. Sin embargo, lo que parece ser la verdad es que la selva, y todas estas silvestres criaturas á que daba sustento, reconocieron en aquella niña un sér humano de una naturaleza tan libre como la de ellas mismas.

También la niña desplegaba aquí un carácter más suave y dulce que en las calles herbosas de la población, ó en la morada de su madre. Las flores parecían conocerla, y en un susurro le iban diciendo cuando cerca de ellas pasaba: "Adórnate conmigo, linda niña, adórnate conmigo;"—y para darles gusto, Perla cogió violetas, y anémonas, y columbinas, y algunos ramos verdes, y se adornó los cabellos, y se rodeó la cintura, convirtiéndose en una ninfa infantil, en una tierna dríada, ó en algo que armonizaba con el antiguo bosque. De tal manera se había adornado cuando oyó la voz de su madre y se dirigía á ella lentamente.

Lentamente, sí, porque había visto al ministro.

XIX
LA NIÑA JUNTO AL ARROYUELO

—TÚ la amarás tiernamente,—repitió Ester mientras en unión de Dimmesdale contemplaban á Perla.—¿No la encuentras bella? Y mira con qué arte tan natural ha convertido en adorno esas flores tan sencillas. Si hubiera recogido perlas, y diamantes, y rubíes en el bosque, no le sentarían mejor. ¡Es una niña espléndida! Pero bien sé á qué frente se parece la suya.

—¿Sabes tú, Ester,—dijo Arturo Dimmesdale con inquieta sonrisa,—que esta querida niña, que va siempre dando saltitos á tu lado, me ha producido más de una alarma? Me parecía... ¡oh Ester!... ¡qué pensamiento es ese, y qué terrible la idea!... Me parecía que los rasgos de mis facciones se reproducían en parte en su rostro, y que todo el mundo podría reconocerlas. ¡Tal es su semejanza! ¡Pero más que todo es tu imagen.

—No, no es así,—respondió la madre con una tierna sonrisa. Espera algún tiempo, no mucho, y no necesitarás asustarte ante la idea de que se vea de quién es hija. ¡Pero qué singularmente bella parece con esas flores silvestres con que se ha adornado el cabello! Se diría que una de las hadas que hemos dejado en nuestra querida Inglaterra la ha ataviado para que nos salga al encuentro.