Perla tenía extendido aun el dedo índice, y frunció el entrecejo, lo que le comunicaba una significación más notable, atendidas las facciones infantiles que tal aspecto tomaban. Como su madre continuaba llamándola, lleno el rostro de inusitadas sonrisas, la niña golpeó la tierra con el pie con gestos y miradas aun más imperiosos, que también reflejó el arroyuelo, así como el dedo extendido y el gesto imperioso de la niña.

—Apresúrate, Perla, ó me incomodaré,—gritó Ester, quien, acostumbrada á semejante modo de proceder de parte de su hija en otras ocasiones, deseaba, como era natural, un comportamiento algo mejor en las circunstancias actuales.—Salta el arroyuelo, traviesa niña, y corre hacia aquí: de lo contrario yo iré á donde tú estás.

Pero Perla no hizo caso de las amenazas de su madre, como no lo había hecho de sus palabras afectuosas, sino que rompió en un arrebato de cólera, gesticulando violentamente y agitando su cuerpecito con las más extravagantes contorsiones, acompañando esta explosión de ira de agudos gritos que repercutió la selva por todas partes; de modo que á pesar de lo sola que estaba en su infantil é incomprensible furor, parecía que una oculta multitud la acompañaba y hasta la alentaba en sus acciones. Y en el agua del arroyuelo se reflejó una vez más la colérica imagen de Perla, coronada de flores, golpeando el suelo con el pie, gesticulando violentamente y apuntando con el dedo índice al seno de Ester.

—Ya sé lo que quiere esta niña,—murmuró Ester al ministro, y palideciendo, á pesar de un gran esfuerzo para ocultar su disgusto y su mortificación, dijo:—los niños no permiten el más leve cambio en el aspecto acostumbrado de las cosas que tienen diariamente á la vista. Perla echa de menos algo que siempre me ha visto llevar.

—Si tienes algún medio de apaciguar á la niña,—le dijo el ministro,—te ruego que lo hagas inmediatamente. Excepto el furor de una vieja hechicera, como la Sra. Hibbins,—agregó tratando de sonreir,—nada hay que me asuste tanto como un arrebato de cólera cual éste en un niño. En la tierna belleza de Perla, así como en las arrugas de la vieja hechicera, tiene ese arrebato algo de sobrenatural. Apacíguala, si me amas.

Ester se dirigió de nuevo á Perla, con el rostro encendido, dando una mirada de soslayo al ministro, y exhalando luego un hondo suspiro; y aun antes de haber tenido tiempo de hablar, el color de sus mejillas se convirtió en mortal palidez.

—Perla,—dijo con tristeza,—mira á tus pies.... Ahí... frente á tí... al otro lado del arroyuelo.

La niña dirigió las miradas al punto indicado, y allí vió la letra escarlata, tan cerca de la orilla de la corriente, que el bordado de oro se reflejaba en el agua.

—Tráela aquí,—dijo Ester.

—Ven tú á buscarla,—respondió Perla.