—¡Habráse visto jamás niña igual!—observó Ester aparte al ministro.—¡Oh! Te tengo que decir mucho acerca de ella. Pero á la verdad, en el asunto de este odioso símbolo, tiene razón. Debo sufrir este tormento todavía algún tiempo, unos cuantos días más, hasta que hayamos dejado esta región y la miremos como un país con que hemos soñado. La selva no puede ocultarla. El océano recibirá la letra de mis manos, y la tragará para siempre!
Diciendo esto se adelantó á la margen del arroyuelo, recogió la letra escarlata y la fijó de nuevo en el pecho. Un momento antes, cuando Ester habló de arrojarla al seno del océano, había en ella un sentimiento de fundada esperanza; al recibir de nuevo este símbolo mortífero de la mano del destino, experimentó la sensación de una sentencia irrevocable que sobre ella pesaba. La había arrojado al espacio infinito,—había respirado una hora el aire de la libertad,—y de nuevo estaba aquí la letra escarlata con todo su suplicio, brillando en el lugar acostumbrado. De la misma manera una mala acción se reviste siempre del carácter de ineludible destino. Ester recogió inmediatamente las espesas trenzas de sus cabellos y las ocultó bajo su gorra. Y como si hubiera un maleficio en la triste letra, desapareció su hermosura y todo lo que en ella había de femenino, á manera de rayo de sol que se desvanece, y como si una sombra se hubiera extendido sobre todo su sér.
Efectuado el terrible cambio, extendió la mano á Perla.
—¿Conoces ahora á tu madre, niña?—le preguntó con acento de reproche, aunque en un tono moderado. ¿Quieres atravesar el arroyo, y venir á donde está tu madre, ahora que se ha puesto de nuevo su ignominia,—ahora que está triste?
—Sí, ahora quiero,—respondió la niña atravesando el arroyuelo, y estrechando á su madre contra su pecho. Ahora eres realmente mi madre, y yo soy tu Perlita.
Y con una ternura que no era común en ella, atrajo hacia sí la cabeza de su madre y la besó en la frente y en las mejillas. Pero entonces,—por una especie de necesidad que siempre la impulsaba á mezclar en el contento que proporcionaba una parte de dolor,—Perla besó también la letra escarlata.
—Eso no es bueno,—dijo Ester,—cuando me has demostrado un poco de amor, te mofas de mí.
—¿Por qué está sentado el ministro allí?—preguntó Perla.
—Te está esperando para saludarte,—replicó su madre.—Vé y pídele su bendición. Él te ama, Perlita mía, y también ama á tu madre. ¿No lo amarás tú igualmente? Vé: él desea acariciarte.
—¿Nos ama realmente?—dijo Perla mirando á su madre con expresión de viva inteligencia.—¿Irá con nosotros, dándonos la mano, y entraremos los tres juntos en la población?