Ciertamente que las calles presentaban el mismo aspecto que antes, según las recordaba, y las casas tenían las mismas peculiaridades, con su multitud de aleros y una veleta precisamente en el lugar en que su memoria se lo indicaba. Sin embargo, la idea de cambio le acosaba á cada instante, aconteciéndole igual fenómeno con las personas conocidas que veía, y con todas las que le eran familiares en la pequeña población. No las hallaba ahora ni más jóvenes ni más viejas; las barbas de los ancianos no eran más blancas, ni el niño que andaba á gatas ayer podía moverse hoy haciendo uso de sus pies: era imposible decir en qué diferían de las personas á quienes había visto antes de partir; y sin embargo, algo interno parecía sugerirle que se había efectuado un cambio. Recibió una impresión de esta naturaleza, de la manera más notable, al pasar junto á la iglesia que estaba á su cargo. El edificio se le presentó con un aspecto á la vez tan extraño y tan familiar, que el Sr. Dimmesdale estuvo vacilando entre estas dos ideas: ó que hasta entonces lo había visto solamente en un sueño, ó que ahora estaba simplemente soñando.

Este fenómeno, en las varias formas que iba tomando, no indicaba un cambio externo, sino un cambio tan repentino é importante en el espectador mismo, que el espacio de un solo día de intervalo había sido para él equivalente al transcurso de varios años. La voluntad del ministro y la de Ester, y el destino que sobre ellos pesaba, habían operado esta transformación. Era la misma ciudad que antes; pero no era el mismo ministro el que había regresado de la selva. Podría haber dicho á los amigos que le saludaban: "No soy el hombre por quien me tomáis. Lo he dejado allá en la selva, retirado en un oculto vallecillo, junto á un tronco musgoso de árbol, no lejos de un melancólico arroyuelo. Id: buscad á vuestro ministro, y ved si su cuerpo extenuado, sus mejillas descarnadas, y su pálida frente surcada de arrugas por el dolor, no han sido arrojados allí como vestido de que uno se deshace." Sin duda alguna sus amigos habrían insistido, diciéndole: "Tú eres el mismo hombre"; pero el error hubiera estado de parte de sus amigos y no del ministro.

Antes de que el Sr. Dimmesdale llegara á su morada, su sér íntimo le dió otras pruebas de que una revolución se había operado en su modo de pensar y de sentir. Á la verdad, solo á una revolución de esa naturaleza, completa y total, podían atribuirse los impulsos que agitaban al infortunado ministro. Á cada paso se sentía movido del deseo de hacer algo extraño, inusitado, violento ó perverso, con la convicción de que sería á la vez involuntario é intencional y á despecho de sí mismo, pero emanando de un sentimiento más profundo que el que se oponía al impulso. Por ejemplo, se encontró con uno de los diáconos de su iglesia, buen anciano que le saludó con el afecto paternal y el aire patriarcal á que tenía derecho por sus años, sus virtudes y su posición, y al mismo tiempo con el profundo respeto, casi veneración, que el carácter público y privado del ministro reclamaban. Nunca se vió un ejemplo más hermoso de cómo la majestad y sabiduría de los años pueden hermanarse á la obediencia y respeto que una categoría social é inteligencia inferiores deben á una persona superior en esas cualidades. Pues bien, durante una conversación de unos pocos momentos entre el Reverendo Sr. Dimmesdale y este excelente y anciano diácono, solo merced á la más cuidadosa circunspección y casi haciéndose violencia, evitó el ministro proferir ciertas reflexiones heréticas que se le ocurrieron sobre varios puntos religiosos. Temblaba y palidecía temiendo que sus labios, á despecho de sí mismo, emitiesen algunos de los horribles pensamientos que le cruzaban por la mente. Y sin embargo, aunque con el corazón lleno de tal terror, no pudo menos de sonreirse al imaginar lo estupefacto que se habría quedado el santo varón y patriarcal diácono ante la impiedad de su ministro.

Referiremos otro incidente de igual naturaleza. Yendo á toda prisa por la calle, el Reverendo Sr. Dimmesdale tropezó de manos á boca con uno de los más antiguos miembros de su iglesia, una anciana señora, la más piadosa y ejemplar que pueda darse: pobre, viuda, sola, y con el corazón todo lleno de reminiscencias de su marido y de sus hijos, ya muertos, así como de sus amigos fallecidos también hacía tiempo. Sin embargo, todo esto, que de otro modo habría sido un dolor intenso, se había casi convertido para esta alma piadosa en un goce solemne, gracias á los consuelos religiosos y á las verdades de las Sagradas Escrituras, con que puede decirse que se había nutrido continuamente por espacio de más de treinta años. Desde que el Reverendo Sr. Dimmesdale la tomó á su cargo, el principal consuelo terrenal de la buena señora consistía en ver á su pastor espiritual, ya de propósito deliberado, ya por casualidad, y sentir confortada el alma con una palabra que respirase las verdades consoladoras del Evangelio, y que saliendo de aquellos labios reverenciados, penetrase en su pobre pero atento oído. Mas en la presente ocasión, al querer el Reverendo Sr. Dimmesdale abrir los labios, no le fué posible recordar un solo texto de las Sagradas Escrituras, y lo único que pudo decir fué algo breve, enérgico, que según le pareció á él mismo entonces, venía á ser un argumento irrefutable contra la inmortalidad del alma. La simple insinuación de semejante idea habría hecho probablemente caer á tierra sin sentido á esta anciana señora, como por efecto de una infusión de veneno intensamente mortífero. Lo que el ministro dijo en realidad, no pudo recordarlo nunca. Tal vez hubo en sus palabras una cierta obscuridad que impidió á la buena viuda comprender exactamente la idea que Dimmesdale quiso expresar, ó quizás ella las interpretó allá á su manera. Lo cierto es, que cuando el ministro volvió la mirada hacia atrás, notó en el rostro de la santa mujer una expresión de éxtasis y divina gratitud, como si estuviera iluminado por los resplandores de la ciudad divina.

Aun referiremos un tercer ejemplo. Después de separarse de la anciana viuda, encontró á la más joven de sus feligreses. Era una tierna doncella á quien el sermón predicado por el Reverendo Sr. Dimmesdale, el día después de la noche pasada en vela en el tablado, había hecho trocar los goces transitorios del mundo por la esperanza celestial que iría ganando brillantez á medida que las sombras de la existencia se fueran aumentando, y que finalmente convertiría las tinieblas postreras en oleadas de luz gloriosa. Era tan pura y tan bella como un lirio que hubiese florecido en el Paraíso. El ministro sabía perfectamente que su imagen se hallaba venerada en el santuario inmaculado del corazón de la doncella, que mezclaba su entusiasmo religioso con el dulce fuego del amor, y comunicaba al amor toda la pureza de la religión. De seguro que el enemigo del género humano había apartado aquel día á la joven doncella del lado de su madre, para ponerla al paso de este hombre que podemos llamar perdido y desesperanzado. Á medida que la joven se iba acercando al ministro, el maligno espíritu le murmuró á éste en el oído que condensara en la forma más breve, y vertiera en el tierno corazón de la virgen, un germen de maldad que pronto produciría negras flores y frutos aún más negros. Era tal la convicción de su influencia sobre esta alma virginal, que de este modo á él se confiaba, que el ministro sabía muy bien que le era dado marchitar todo este jardín de inocencia con una sola mirada perversa, ó hacerle florecer en virtudes con una sola buena palabra. De consiguiente, después de sostener consigo mismo una lucha más fuerte que las que ya había sostenido, se cubrió el rostro con el capote y apresuró el paso sin darse por entendido que la había visto, dejando á la pobre muchacha que interpretase su rudeza como quisiera. Ella escudriñó su conciencia, llena de pequeñas acciones inocentes, y la infeliz se reprochó mil faltas imaginarias, y al día siguiente estuvo desempeñando sus quehaceres domésticos toda cabizbaja y con ojos llorosos.

Antes de que el ministro hubiera tenido tiempo de celebrar su victoria sobre esta última tentación, experimentó otro impulso no ya ridículo, sino casi horrible. Era,—nos avergonzamos de decirlo,—nada menos que detenerse en la calle y enseñar algunas palabrotas muy malsonantes á un grupo de niños puritanos, que apenas empezaban á hablar. Habiendo resistido este impulso como completamente indigno del traje que vestía, encontró á un marinero borracho de la tripulación del buque del Mar de las Antillas de que hemos hablado; y esta vez, después de haber rechazado tan valerosamente todas las otras perversas tentaciones, el pobre Sr. Dimmesdale deseó, al fin, dar un apretón de manos á este tunante alquitranado, y recrearse con algunos de esos chistes de mala ley de que tal acopio tienen los marineros, sazonado todo con una andanada de ternos y juramentos capaces de estremecer el cielo. Detuviéronle no tanto sus buenos principios, como su pudor innato y las decorosas costumbres adquiridas bajo su traje de eclesiástico.

—¿Qué es lo que me persigue y me tienta de esta manera?—se preguntó el ministro á sí mismo, deteniéndose en la calle y golpeándose la frente.—¿Estoy loco por ventura, ó me hallo completamente en poder del enemigo malo? ¿Hice un pacto con él en la selva y lo firmé con mi propia sangre? ¿Y me pide ahora que lo cumpla, sugiriéndome que lleve á cabo todas las iniquidades que pueda concebir su perversa imaginación?

En los momentos en que el Reverendo Sr. Dimmesdale razonaba de este modo consigo mismo, y se golpeaba la frente con la mano, se dice que la anciana Sra. Hibbins, la dama reputada por hechicera, pasaba por allí, vestida con rico traje de terciopelo, fantásticamente peinada, y con un hermoso cuello de lechuguilla, todo lo cual le daba una apariencia de persona de muchas campanillas. Como si la hechicera hubiese leído los pensamientos del ministro, se detuvo ante él, fijó las miradas astutamente en su rostro, sonrió con malicia, y,—aunque no muy dada á hablar con gente de la iglesia,—tuvo con él el siguiente diálogo:

—De modo, Reverendo Señor, que habéis hecho una visita á la selva,—observó la hechicera inclinando su gran peinado hacia el ministro.—La próxima vez que vayáis, os ruego me lo aviséis en tiempo, y me consideraré muy honrada en acompañaros. Sin querer exagerar mi importancia, creo que una palabra mía servirá para proporcionar á cualquier caballero extraño una excelente recepción de parte de aquel potentado que sabéis.

—Os aseguro, señora,—respondió el ministro con respetuoso saludo, como demandaba la alta jerarquía de la dama, y como su buena educación se lo exigía,—os aseguro, bajo mi conciencia y honor, que estoy completamente á obscuras acerca del sentido que entrañan vuestras palabras. No he ido á la selva á buscar á ningún potentado; ni intento hacer allí una futura visita con el fin de ganarme la protección y favor de semejante personaje. Mi único objeto fué saludar á mi piadoso amigo el apóstol Eliot, y regocijarme con él por las muchas preciosas almas que ha arrancado á la idolatría.