—¡Ja! ¡ja! ¡ja!—exclamó la anciana bruja, inclinando siempre su alto peinado hacia el ministro.—Bien, bien: no necesitamos hablar de esto durante el día; pero á media noche, y en la selva, tendremos juntos otra conversación.
La vieja hechicera continuó su camino con su acostumbrada majestad, pero de cuando en cuando volvía hacia atrás las miradas y se sonreía, exactamente como quien quisiera dar á entender que existía entre ella y el ministro una secreta y misteriosa intimidad.
—¿Me habré vendido yo mismo,—se preguntó el ministro,—al maligno espíritu á quien, si es verdad lo que se dice, esta vieja y amarillenta bruja, vestida de terciopelo, ha escogido por su príncipe y señor?
¡Infeliz ministro! Había hecho un pacto muy parecido á ese de que hablaba. Alucinado por un sueño de felicidad, había cedido, deliberadamente, como nunca lo hizo antes, á la tentación de lo que sabía que era un pecado mortal; y el veneno inficionador de ese pecado se había difundido rápidamente en todo su sér moral; adormeciendo todos sus buenos impulsos, y despertando en él todos los malos á vida animadísima. El odio, el desprecio, la malignidad sin provocación alguna, el deseo gratuito de ser perverso, de ridiculizar todo lo bueno y santo, se despertaron en él para tentarle al mismo tiempo que le llenaban de pavor. Y su encuentro con la vieja hechicera Hibbins, caso de que hubiera acontecido realmente, sólo vino á mostrarle sus simpatías y su compañerismo con mortales perversos y con el mundo de perversos espíritus.
Ya para este tiempo había llegado á su morada, cerca del cementerio, y subiendo apresuradamente las escaleras se refugió en su estudio. Mucho se alegró el ministro de verse al fin en este asilo, sin haberse vendido él mismo cometiendo una de esas extrañas y malignas excentricidades, á que había estado continuamente expuesto, mientras atravesaba las calles de la población. Entró en su cuarto, y dió una mirada alrededor examinando los libros, las ventanas, la chimenea para el fuego, y los tapices, experimentando la misma sensación de extrañeza que le había acosado durante el trayecto desde la selva á la ciudad. En esta habitación había estudiado y escrito; aquí había ayunado y pasado las noches en vela, hasta quedar casi medio muerto de fatiga y debilidad; aquí se había esforzado en orar; aquí había padecido mil y mil tormentos y agonías. Allí estaba su Biblia, en el antiguo y rico hebreo, con Moisés y los Profetas que le hablaban constantemente, y resonando en toda ella la voz de Dios. Allí, sobre la mesa, con la pluma al lado, había un sermón por terminar, con una frase incompleta tal como la dejó cuando salió á hacer su visita dos días antes. Sabía que él era el mismo, el ministro delgado de pálidas mejillas que había hecho y sufrido todas estas cosas, y tenía ya muy adelantado su sermón de la elección. Pero parecía como si estuviera aparte contemplando su antiguo sér con cierta curiosidad desdeñosa, compasiva y semienvidiosa. Aquel antiguo sér había desaparecido, y otro hombre había regresado de la selva: más sabio, dotado de un conocimiento de ocultos misterios que la sencillez del primero nunca pudo haber conseguido. ¡Amargo conocimiento por cierto!
Mientras se hallaba ocupado en estas reflexiones, resonó un golpecito en la puerta del estudio, y el ministro dijo: "Entrad"—no sin cierto temor de que pudiera ser un espíritu maligno. ¡Y así fué! Era el anciano Rogerio Chillingworth. El ministro se puso en pie, pálido y mudo, con una mano en las Sagradas Escrituras y la otra sobre el pecho.
—¡Bienvenido, Reverendo Señor!—dijo el médico.—Y cómo habéis hallado á ese santo varón, el apóstol Eliot? Pero me parece, mi querido señor, que estáis pálido; como si el viaje al través de las selvas hubiera sido muy penoso. ¿No necesitáis de mi auxilio para fortaleceros algo, cosa de que podáis predicar el sermón de la elección?
—No, creo que no,—replicó el Reverendo Sr. Dimmesdale.—Mi viaje, y la vista del santo apóstol, y el aire libre y puro que allí he respirado, después de tan largo encierro en mi estudio, me han hecho mucho bien. Creo que no tendré más necesidad de vuestras drogas, mi benévolo médico, á pesar de lo buenas que son y de estar administradas por una mano amiga.
Durante todo este tiempo el anciano Rogerio había estado contemplando al ministro con la mirada grave y fija de un médico para con su paciente; pero á pesar de estas apariencias, el ministro estaba casi convencido de que Chillingworth sabia, ó por lo menos sospechaba, su entrevista con Ester. El médico conocía, pues, que para su enfermo él no era ya un amigo íntimo y leal, sino su más encarnizado enemigo; de consiguiente, era natural que una parte de esos sentimientos tomara forma visible. Es sin embargo singular el hecho de que á veces transcurra tanto tiempo antes de que ciertos pensamientos se expresen por medio de palabras, y así vemos con cuanta seguridad dos personas, que no desean tratar el asunto que más á pecho tienen, se acercan hasta sus mismos límites y se retiran sin tocarlo. Por esta razón, el ministro no temía que el médico tratara de un modo claro y distinto la posición verdadera en que mutuamente se encontraban uno y otro. Sin embargo, el anciano Rogerio, con su manera tenebrosa de costumbre, se acercó considerablemente al particular del secreto.
—¿No sería mejor, dijo, que os sirvierais esta noche de mi poca habilidad? Realmente, mi querido señor, tenemos que esmerarnos y hacer todo lo posible para que estéis fuerte y vigoroso el día del sermón de la elección. El público espera grandes cosas de vos, temiendo que al llegar otro año ya su pastor haya partido.