—Sí, á otro mundo,—replicó el ministro con piadosa resignación.—Concédame el cielo que sea á un mundo mejor, porque, en verdad, apenas creo que podré permanecer entre mis feligreses las rápidas estaciones de otro año. Y en cuanto á vuestras medicinas, buen señor, en el estado actual de mi cuerpo, no las necesito.

—Mucho me alegro de oírlo,—respondió el médico.—Pudiera ser que mis remedios, administrados tanto tiempo en vano, empezaran ahora á surtir efecto. Por feliz me tendría si así fuere, pues merecería la gratitud de la Nueva Inglaterra, si pudiese efectuar tal cura.

—Os doy las gracias con todo mi corazón, vigilante amigo,—dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale con una solemne sonrisa.—Os doy las gracias, y sólo podré pagar con mis oraciones vuestros buenos servicios.

—Las preces de un hombre bueno son la más valiosa recompensa,—contestó el anciano médico al despedirse.—Son las monedas de oro corriente en la Nueva Jerusalén, con el busto del Rey grabado en ellas.

Cuando estuvo solo, el ministro llamó á un sirviente de la casa y le pidió algo de comer, lo que traído que fué, puede decirse que despachó con voraz apetito; y arrojando á las llamas lo que ya tenía escrito de su sermón, empezó acto continuo á escribir otro, con tal afluencia de pensamientos y de emoción que se creyó verdaderamente inspirado, admirándose sólo de que el cielo quisiera transmitir la grande y solemne música de sus oráculos por un conducto tan indigno como él se consideraba. Dejando, sin embargo, que ese misterio se resolviese por sí mismo, ó permaneciera eternamente sin resolverse, continuó su labor con empeño y entusiasmo. Y así se pasó la noche hasta que apareció la mañana, arrojando un rayo dorado en el estudio, donde sorprendió al ministro, pluma en mano, con innumerables páginas escritas y esparcidas por donde quiera.

XXI
EL DÍA DE FIESTA EN LA NUEVA INGLATERRA

MUY temprano, en la mañana del día en que el nuevo Gobernador había de ser elegido por el pueblo, fueron Ester y Perla á la plaza del mercado, que ya estaba llena de artesanos y otros plebeyos habitantes de la ciudad en número considerable. Entre estos había muchos individuos de aspecto rudo, cuyos vestidos, hechos de piel de ciervo, daban á conocer que pertenecían á algunos de los establecimientos situados en las selvas que rodeaban la pequeña metrópoli de la colonia.

En este día de fiesta, como en todas las demás ocasiones durante los siete últimos años, llevaba Ester un traje de paño burdo de color gris, que no tanto por su color como por cierta peculiaridad indescriptible de su corte, daba por resultado relegar su persona á la obscuridad, como si la hiciera desaparecer á las miradas de todos, mientras la letra escarlata, por el contrario, la hacía surgir de esta especie de crepúsculo ó penumbra, presentándola al mundo bajo el aspecto moral de su propio brillo. Su rostro, por tanto tiempo familiar á las gentes de la ciudad, dejaba ver la calma marmórea que estaban acostumbrados á contemplar. Era una especie de máscara; ó mejor dicho, era la calma congelada de las facciones de una mujer ya muerta, y esta triste semejanza se debía á la circunstancia de que Ester estaba en realidad muerta, en lo concerniente á poder reclamar alguna simpatía ó afecto, y á que ella se había segregado por completo del mundo con el cual parecía que aún se mezclaba.

Quizás en este día especial pudiera decirse que había en el rostro de Ester una expresión no vista hasta entonces, aunque en realidad no tan marcada que pudiese notarse fácilmente, á no ser por un observador dotado de tales facultades de penetración que leyera, primero, lo que pasaba en el corazón, y luego hubiese buscado un reflejo correspondiente en el rostro y aspecto general de esa mujer. Semejante observador, ó más bien adivino, podría haber pensado que, después de haber sostenido Ester las miradas de la multitud durante siete largos y malhadados años soportándolas como una necesidad, una penitencia, y una especie de severa religión, ahora, por la última vez, las afrontaba libre y voluntariamente para convertir también en una especie de triunfo lo que había sido una prolongada agonía. "¡Mirad por última vez la letra escarlata y á la que la lleva!"—parecía decirles la víctima del pueblo.—"Esperad un poco y me veré libre de vosotros. Unas cuantas horas, no más, y el misterioso y profundo océano recibirá en su seno, y ocultará en él para siempre, el símbolo que habéis hecho brillar por tanto tiempo en mi pecho!"

Ni sería incurrir en una inconsistencia demasiado grande, si supusiéramos que Ester experimentaba cierto sentimiento de pesar en aquellos instantes mismos en que estaba á punto de verse libre del dolor, que puede decirse se había encarnado profundamente en su sér. ¿No habría quizás en ella un deseo irresistible de apurar por última vez, y á grandes tragos, la copa del amargo absintio y acíbar que había estado bebiendo durante casi todos los años de su juventud? El licor que en lo sucesivo se llevaría á los labios, tendría que ser seguramente rico, delicioso, vivificante y en pulido vaso de oro; ó de otro modo produciría una languidez inevitable y tediosa, viniendo después de las heces de amargura que hasta entonces había apurado á manera de cordial de intensa potencia.