Perla estaba ataviada alegremente. Habría sido imposible adivinar que esta brillante y luminosa aparición debía su existencia á aquella mujer de sombrío traje; ó que la fantasía tan espléndida, y á la vez tan delicada, que ideó el vestido de la niña, era la misma que llevase á cabo la tarea, quizá más difícil, de dar al sencillo traje de Ester el aspecto peculiar tan notable que tenía. De tal modo se adaptaba á Perlita su vestido, que éste parecía la emanación ó el desarrollo inevitable y la manifestación externa de su carácter, tan imposible de separarse de ella, como al ala de una mariposa desprenderse de su brillantez abigarrada, ó á los pétalos de una espléndida flor despojarse de su radiante colorido. En este día extraordinario, había sin embargo una cierta inquietud y agitación singular en todo el sér de la niña, parecidas al brillo de los diamantes que fulguran y centellean al compás de los latidos del pecho en que se ostentan. Los niños participan siempre de las agitaciones de aquellas personas con quienes están en íntima relación; experimentan siempre el malestar debido á cualquier disgusto ó trastorno inminente, de cualquier clase que sea, en el hogar doméstico; y por lo tanto Perla, que era entonces la joya del inquieto corazón de la madre, revelaba en su misma vivacidad las emociones que nadie podía descubrir en la impasibilidad marmórea de la frente de Ester.
Esta efervescencia la hizo moverse como un ave, más bien que andar al lado de su madre, prorrumpiendo continuamente en exclamaciones inarticuladas, agudas, penetrantes. Cuando llegaron á la plaza del mercado, se volvió aún más inquieta y febril al notar el bullicio y movimiento que allí reinaban, pues por lo común aquel lugar tenía en realidad el aspecto de un solitario prado frente á la iglesia de una aldea, y no el del centro de los negocios de una población.
—¿Qué significa esto, madre?—gritó la niña.—¿Por qué han abandonado todos hoy su trabajo? ¿Es un día de fiesta para todo el mundo? Mira, ahí está el herrero. Se ha lavado su cara sucia y se ha puesto la ropa de los domingos, y parece que quisiera estar contento y alegre, si hubiese solamente quien le enseñase el modo de estarlo. Y aquí está el Sr. Brackett, el viejo carcelero, que se sonríe conmigo y me saluda. ¿Por qué lo hace, madre?
—Se acuerda cuando tú eras muy chiquita,—hija mía,—respondió Ester.
—Ese viejo horrible, negro y feo, no debe sonreirme ni saludarme,—dijo Perla.—Que lo haga contigo, si quiere, porque estás vestida de color obscuro y llevas la letra escarlata. Pero mira, madre, ¡cuántas gentes extrañas, y entre ellos indios y también marineros! ¿Para qué han venido todos esos hombres á la plaza del mercado?
—Están esperando que la procesión pase para verla,—dijo Ester,—porque el Gobernador y los magistrados han de venir, y los ministros, y todas las personas notables y buenas han de marchar con música y soldados á la cabeza.
—¿Y estará allí el ministro?—preguntó Perla,—¿y extenderá las dos manos hacia mí, como hizo cuando tú me llevaste á su lado desde el arroyuelo?
—Sí estará,—respondió su madre,—pero no te saludará hoy, ni tampoco debes tú saludarle.
—¡Qué hombre tan triste y tan raro es el ministro!—dijo la niña como si hablara en parte á solas y consigo misma.—En medio de la noche nos llama y estrecha tus manos y las mías, como cuando estuvimos juntas con él sobre el tablado. Y en el bosque, donde solo los antiguos árboles pueden oir á uno, y donde sólo un pedacito de cielo puede vernos, se pone á hablar contigo sentado en un tronco de árbol. Y me besa la frente de modo que el arroyuelo apenas puede borrar su beso. Pero aquí, á la luz del sol, y en medio de todas estas gentes, no nos conoce, ni nosotros debemos conocerle. ¡Sí, un hombre raro y triste con la mano siempre sobre el corazón!
—No hables más, Perla,—le dijo su madre,—tú no entiendes de estas cosas. No pienses ahora en el ministro, sino mira lo que pasa á tu alrededor y verás cuán alegre parece hoy todo el mundo. Los niños han venido de sus escuelas, y las personas crecidas han dejado sus tiendas, sus talleres y los campos con el objeto de divertirse; porque hoy empieza á regirlos un nuevo Gobernador.