Como Ester decía, era mucho el contento y alegría que brillaban en el rostro de todos los presentes. En un día semejante, como sucedió después durante la mayor parte de dos siglos, los puritanos se entregaban á todo el regocijo y alborozo público que consideraban permisibles á la fragilidad humana; disipando solo en el espacio de un día de fiesta, aquella nube sombría en que siempre estaban envueltos, pero de manera tal, que apenas si aparecían menos graves que otras comunidades en tiempo de duelo general.
Pero tal vez exageramos el aspecto sombrío que indudablemente caracterizaba la manera de ser de aquel tiempo. Las personas que se hallaban en la plaza del mercado de Boston no eran todas herederas del adusto y triste carácter puritano. Había allí individuos naturales de Inglaterra, cuyos padres habían vivido en la época de la Reina Isabel, cuando la vida social inglesa, considerada en conjunto, parece haber sido tan magnífica, fastuosa y alegre como el mundo pueda haber presenciado jamás. Si hubieran seguido su gusto hereditario, los colonos de la Nueva Inglaterra habrían celebrado todos los acontecimientos de interés público con hogueras, banquetes, procesiones cívicas, todo con gran pompa y esplendor. Ni habría sido difícil combinar, en la observación de las majestuosas ceremonias, el recreo alegre con la solemnidad, como si el gran traje de gala que en tales fiestas reviste una nación, estuviese adornado de una manera brillante á la vez que grotesca. Algo parecido á esto había en el modo de celebrar el día que daba comienzo al año político de la colonia. El vago reflejo de una magnificencia que vivía en el recuerdo, una imitación pálida y débil de lo que habían presenciado en el viejo Londres, no diremos de una coronación real, sino de las fiestas con que se inaugura el Lord Corregidor de aquella gran capital, podría trazarse en las costumbres que observaban nuestros antepasados en la instalación anual de sus magistrados. Los padres y fundadores de la República,—el hombre de Estado, el sacerdote y el militar,—creían de su deber revestirse en esta oportunidad de toda la pompa y aparato majestuoso que, de acuerdo con las antiguas tradiciones, se consideraba el adminículo indispensable de la eminencia pública ó social. Todos venían á formar parte de la procesión que había de desfilar ante las miradas del pueblo, comunicando de este modo cierta dignidad á la sencilla estructura de un gobierno tan recientemente constituído.
En ocasiones semejantes se le permitía al pueblo, y hasta se le animaba, á que se solazara y dejase sus diversos trabajos é industrias, á que en todo tiempo parecía se aplicaba con la misma rigidez y severidad que á sus austeras prácticas religiosas. Por de contado que aquí no podía esperarse nada parecido á lo que se hubiera visto en las fiestas populares de Inglaterra en tiempos de la Reina Isabel; ni rudas representaciones teatrales; ni ministriles con sus arpas y baladas legendarias; ni músicos ambulantes con un mono bailando al son de la música; ni jugadores de mano y titiriteros con sus suertes y artificios de hechicería; ni payasos y saltimbanquis tratando de alegrar la multitud con sus chistes, quizás de varios siglos de antigüedad, pero surtiendo siempre buen efecto, porque se dirigen á los sentimientos universales dispuestos á la alegría y buen humor. Toda esta clase de profesores de los diferentes ramos de diversión y entretenimiento habían sido severamente suprimidos, no sólo por la rígida disciplina de la ley, sino por la sanción general que es lo que constituye la vitalidad de las leyes. Sin embargo, aún careciendo de todo esto, la honrada y buena cara del pueblo sonreía, quizás con cierta dureza, pero también á quijada batiente. Ni se diga por eso que faltaban juegos y recreos de la clase que los colonos habían presenciado muchos años atrás, en las ferias campestres de Inglaterra, en los que acaso tomaron parte, y consideraban sería conveniente conservar en estas nuevas tierras; por ejemplo, se veían luchas á brazo partido, de diferentes clases, aquí y allí en la plaza del mercado; en una esquina había un combate amistoso al garrote; y lo que más que todo llamaba la atención, en el tablado de la picota á que ya se ha hecho referencia varias veces en estas páginas, dos maestros de armas comenzaban á dar una muestra de sus habilidades con broquel y espadón. Pero con gran chasco y disgusto de los espectadores, este entretenimiento fué suspendido mediante la intervención del alguacil de la ciudad, que no quería permitir que la majestad de la ley se violase con semejante abuso de uno de sus lugares consagrados.
Aunque los colores del cuadro de la vida humana que se desplegaba en la plaza del mercado fueran en lo general sombríos, no por eso dejaban de estar animados con diversidad de matices. Había una cuadrilla de indios con trajes de piel de ciervo curiosamente bordados, cinturones rojos y amarillos, plumas en la cabeza, y armados con arco, flechas y lanzas de punta de pedernal, que permanecían aparte, como separados de todo el mundo, con rostros de inflexible gravedad, que ni aun la de los puritanos podía superar. Pero á pesar de todo, no eran estos salvajes pintados de colores, los que pudieran presentarse como tipo de lo más violento ó licencioso de las gentes que allí estaban congregadas. Semejante honor, si en ello le hay, podían reclamarlo con más fundamento algunos de los marineros que formaban parte de la tripulación del buque procedente del Mar Caribe, que también habían venido á tierra á divertirse el día de la elección. Eran hombres que se habían echado el alma á las espaldas, de rostros tostados por el sol y grandes y espesas barbas; sus pantalones, cortos y anchos, estaban sostenidos por un cinturón, que á veces cerraban placas ó hebillas de oro, y del cual pendía siempre un gran cuchillo, y en algunos casos un sable. Por debajo de las anchas alas de sus sombreros de paja, se veían brillar ojos que, aun en momentos de alegría y buen humor, tenían una especie de ferocidad instintiva. Sin temor ni escrúpulo de ninguna especie, violaban las reglas de buen comportamiento á que se sometían todos los demás, fumando á las mismas narices del alguacil de la población, aunque cada bocanada de humo habría costado buena suma de reales, por vía de multa, á todo otro vecino de la ciudad, y apurando sin ningún reparo tragos de vino ó de aguardiente en frascos que sacaban de sus faltriqueras, y que ofrecían liberalmente á la asombrada multitud que los rodeaba. Nada caracteriza tanto la moralidad á medias de aquellos tiempos, que hoy calificamos de rígidos, como la licencia que se permitía á los marineros, no hablamos sólo de sus calaveradas cuando estaban en tierra, sino aún mucho más tratándose de sus actos de violencia y rapiña cuando se hallaban en su propio elemento. El marinero de aquella época correría hoy el peligro de que se le acusara de pirata ante un tribunal. Por ejemplo, poca duda podría abrigarse que los tripulantes del buque de que hemos hablado, aunque no de lo peor de su género, habían sido culpables de depredaciones contra el comercio español, de tal naturaleza, que pondrían en riesgo sus vidas en un moderno tribunal de justicia.
Pero en aquellos antiguos tiempos el mar se alborotaba, se henchía y se rizaba, según su capricho, ó estaba sujeto solamente á los vientos tempestuosos, sin que apenas se hubiera intentado establecer código alguno que regulase las acciones de los que lo surcaban. El bucanero podía abandonar su profesión y convertirse, si así lo deseaba, en hombre honrado y piadoso, dejando las olas y fijándose en tierra; y ni aun en plena carrera de su existencia borrascosa se le consideraba como individuo con quien no era decente tener tratos ni relación social, aunque fuera casualmente. De consiguiente, los viejos puritanos con sus capas negras y sombreros puntiagudos, no podían menos de sonreirse ante la manera bulliciosa y ruda de comportarse de estos alegres marineros; sin que excitara sorpresa, ni diese lugar á críticas, ver que una persona tan respetable como el anciano Rogerio Chillingworth entrase en la plaza del mercado en íntima y amistosa plática con el capitán del buque de dudosa reputación.
Puede afirmarse que entre toda aquella multitud allí congregada no había figura de aspecto tan vistoso y bizarro, á lo menos en lo que hace al traje, como la de aquel capitán. Llevaba el vestido profusamente cubierto de cintas, galón de oro en el sombrero que rodeaba una cadenilla, también de oro, y adornado además con una pluma. Tenía espada al cinto, y ostentaba en la frente una cuchillada que, merced á cierto arreglo especial del cabello, parecía más deseoso de mostrar que de esconder. Un ciudadano que no hubiera sido marino, apenas se habría atrevido á llevar ese traje y mostrar esa cara, con tal desenfado y arrogancia, sabiendo que se exponía á sufrir un severo interrogatorio ante un magistrado, incurriendo probablemente en una crecida multa ó en algunos cuantos días de cárcel: pero tratándose de un capitán de buque, todo se consideraba perteneciente al oficio, así como las escamas son parte de un pez.
Después de separarse del médico, el capitán del buque con destino á Brístol empezó á pasearse lentamente por la plaza del mercado, hasta que, acercándose por casualidad al sitio en que estaba Ester, pareció reconocerla y no vaciló en dirigirle la palabra. Como acontecía por lo común donde quiera que se hallaba Ester, en torno suyo se formaba un corto espacio vacío, una especie de círculo mágico en el que, aunque el pueblo se estuviera codeando y pisoteando á muy corta distancia, nadie se aventuraba ni se sentía dispuesto á penetrar. Era un ejemplo vivo de la soledad moral á que la letra escarlata condenaba á su portadora, debido en parte á la reserva de Ester, y en parte al instintivo alejamiento de sus conciudadanos, á pesar de que hacía ya tiempo que habían dejado de mostrarse poco caritativos para con ella. Ahora, más que nunca, le sirvió admirablemente, pues le proporcionó el modo de hablar con el marino sin peligro de que los circunstantes se enteraran de su conversación; y tal cambio se había operado en la reputación de que gozaba Ester á los ojos del público, que la matrona más eminente de la colonia en punto á rígida moralidad, no podría haberse permitido aquella entrevista, sin dar margen al escándalo.
—De modo, señora,—dijo el capitán,—que debo ordenar á mi mayordomo que prepare otro camarote, además de los que Vd. ha contratado. Lo que es en este viaje no habrá temor de escorbuto ó tifus; porque con el cirujano de abordo, y este otro médico, nuestro único peligro serán las píldoras ó las drogas que nos administren, pues tengo en el buque una buena provisión de medicinas que compré á un buque español.
—¿Qué está Vd. diciendo?—preguntó Ester con mayor alarma de la que quisiera haber mostrado.—¿Tiene Vd. otro pasajero?
—¡Cómo! ¿No sabe Vd.,—exclamó el capitán del barco,—que el médico de esta plaza,—Chillingworth como dice llamarse,—está dispuesto á compartir mi cámara con Vd.? Sí, sí, Vd. debe saberlo, pues me ha dicho que es uno de la compañía, y además íntimo amigo del caballero de quien Vd. habló, de ese que corre peligro aquí en manos de estos viejos y ásperos gobernantes puritanos.