Mientras las filas de los hombres de la milicia y de los magistrados civiles avanzaban, todas las miradas se dirigían al lugar en que marchaba el Sr. Dimmesdale. La aclamación se iba convirtiendo en murmullo á medida que una parte de los espectadores tras otra lograba divisarle. ¡Cuán pálido y débil parecía en medio de todo este triunfo suyo! La energía,—ó, mejor dicho, la inspiración que lo sostuvo mientras pronunciaba el sagrado mensaje que le comunicó su propia fuerza, como venida del cielo,—ya le había abandonado después de haber cumplido tan fielmente su misión. El color que antes parecía abrasar sus mejillas, se había extinguido como llama que se apaga irremediablemente entre los últimos rescoldos. La mortal palidez de su rostro era tal, que apenas semejaba éste el de un hombre vivo; ni el que marchaba con pasos tan vacilantes como si fuera á desplomarse á cada momento, sin hacerlo sin embargo, apenas podía tampoco tomarse por un ser viviente.

Uno de sus hermanos eclesiásticos,—el venerable Juan Wilson,—observando el estado en que se hallaba el Sr. Dimmesdale después que pronunció su discurso, se adelantó apresuradamente para ofrecerle su apoyo; pero el ministro, todo trémulo, aunque de una manera decidida, alejó el brazo que le presentaba su anciano colega. Continuó andando, si es que puede llamarse andar lo que más bien parecía el esfuerzo vacilante de un niño á la vista de los brazos de su madre, extendidos para animarle á que se adelante. Y ahora, casi imperceptiblemente á pesar de la lentitud de sus últimos pasos, se encontraba frente á frente de aquel tablado, cuyo recuerdo jamás se borró de su memoria, de aquel tablado donde, muchos años antes, Ester Prynne había tenido que soportar las miradas ignominiosas del mundo. ¡Allí estaba Ester teniendo de la mano á Perla! ¡Y allí estaba la letra escarlata en su pecho! El ministro hizo aquí alto, aunque la música continuaba tocando la majestuosa y animada marcha al compás de la cual la procesión iba desfilando. ¡Adelante!—le decía la música,—¡adelante, al banquete! Pero el ministro se quedó allí como si estuviera clavado.

El Gobernador Bellingham, que durante los últimos momentos había tenido fijas en el ministro las ansiosas miradas, abandonando ahora su puesto en la procesión, se adelantó para prestarle auxilio, creyendo, por el aspecto del Sr. Dimmesdale, que de lo contrario caería al suelo. Pero en la expresión de las miradas del ministro había algo que hizo retroceder al magistrado, aunque no era hombre que fácilmente cediese á las vagas intimaciones de otro. Entre tanto la multitud contemplaba todo aquello con temor respetuoso y admiración. Este desmayo terrenal era, según creían, sólo otra faz de la fuerza celestial del ministro; ni se hubiera tenido por un milagro demasiado sorprendente contemplarle ascender en los espacios, ante sus miradas, volviéndose cada vez más transparente y más brillante, hasta verle por fin desvanecerse en la claridad de los cielos.

El ministro se acercó al tablado y extendió los brazos.

—¡Ester!—dijo,—¡ven aquí! ¡Ven aquí también, Perlita!

La mirada que les dirigió fué lúgubre, pero había en ella á la vez que cierta ternura, una extraña expresión de triunfo. La niña, con sus movimientos parecidos á los de un ave, que eran una de sus cualidades características, corrió hacia él y estrechó las rodillas del ministro entre sus tiernos bracitos. Ester, como impelida por inevitable destino, y contra toda su voluntad, se acercó también á Dimmesdale, pero se detuvo antes de llegar. En este momento el viejo Rogerio Chillingworth se abrió paso al través de la multitud, ó, tan sombría, maligna é inquieta era su mirada, que acaso surgió de una región infernal para impedir que su víctima realizara su propósito. Pero sea de ello lo que se quiera, el anciano médico se adelantó rápidamente hacia el ministro y le asió del brazo.

—¡Insensato, detente! ¿qué intentas hacer?—le dijo en voz baja.—¡Haz seña á esa mujer de que se aleje! ¡Haz que se retire también esta niña! Todo irá bien. ¡No manches tu buen nombre, ni mueras deshonrado! ¡Todavía puedo salvarte! ¿Quieres cubrir de ignominia tu sagrada profesión?

—¡Ah! ¡tentador! Me parece que vienes demasiado tarde,—respondió el ministro fijando las miradas en los ojos del médico, con temor, pero con firmeza.—Tu poder no es el que antes era. Con la ayuda de Dios me libraré ahora de tus garras.

Y extendió de nuevo la mano á la mujer de la letra escarlata.

—Ester Prynne,—gritó con penetrante vehemencia,—en el nombre de Aquel tan terrible y tan misericordioso, que en este último momento me concede la gracia de hacer lo que, con grave pecado y agonía infinita me he abstenido de hacer hace siete años, ven aquí ahora y ayúdame con tus fuerzas. Préstame tu auxilio, Ester, pero deja que lo guíe la voluntad que Dios me ha concedido. Este perverso y agraviado anciano se opone á ello con todo su poder, con todo su propio poder y el del enemigo malo. ¡Ven, Ester, ven! Ayúdame á subir ese tablado.