En la multitud reinaba la mayor confusión. Los hombres de categoría y dignidad que se hallaban más inmediatos al ministro, se quedaron tan sorprendidos y perplejos acerca de lo que significaba aquello que veían, tan incapaces de comprender la explicación que más fácilmente se les presentaba, ó imaginar alguna otra, que permanecieron mudos y tranquilos espectadores del juicio que la Providencia parecía iba á pronunciar. Veían al ministro, apoyado en el hombro de Ester y sostenido por el brazo con que ésta le rodeaba, acercarse al tablado y subir sus gradas, teniendo entre las manos las de aquella niñita nacida en el pecado. El viejo Rogerio Chillingworth le seguía, como persona íntimamente relacionada con el drama de culpa y de dolor en que todos ellos habían sido actores, y por lo tanto con derecho bastante á hallarse presente en la escena final.

—Si hubieras escudriñado toda la tierra,—dijo mirando con sombríos ojos al ministro,—no habrías hallado un lugar tan secreto, ni tan alto, ni tan bajo, donde hubieras podido librarte de mí,—como este cadalso en que ahora estás.

—¡Gracias sean dadas á Aquel que me ha traído aquí!—contestó el ministro.

Temblaba sin embargo, y se volvió hacia Ester con una expresión de duda y ansiedad en los ojos que fácilmente podía distinguirse, por estar acompañada de una débil sonrisa en sus labios.

—¿No es esto mejor,—murmuró,—que lo que imaginamos en la selva?

—¡No sé! ¡No sé!—respondió ella rápidamente.—¿Mejor? Sí: ¡ojalá pudiéramos morir aquí ambos, y Perlita con nosotros!

—Respecto á tí y á Perla, ¡sea lo que Dios ordene!—dijo el ministro,—y Dios es misericordioso. Déjame hacer ahora lo que Él ha puesto claramente de manifiesto ante mis ojos, porque yo me estoy muriendo, Ester. Deja, pues, que me apresure á tomar sobre mi alma la parte de vergüenza que me corresponde.

En parte sostenido por Ester, y teniendo de la mano á Perla, el Reverendo Sr. Dimmesdale se volvió á los dignos y venerables magistrados, á los sagrados ministros que eran sus hermanos en el Señor, al pueblo cuya gran alma estaba completamente consternada, aunque llena de simpatía dolorosa, como si supiera que un asunto vital y profundo, que si repleto de culpa también lo estaba de angustia y de arrepentimiento, se iba á poner ahora de manifiesto á la vista de todos. El sol, que había pasado ya su meridiano, derramaba su luz sobre el ministro y hacía destacar su figura perfectamente, como si se hubiera desprendido de la tierra para confesar su delito ante el tribunal de la Justicia Eterna.

—¡Pueblo de la Nueva Inglaterra!—exclamó con una voz que se elevó por encima de todos los circunstantes, alta, solemne y majestuosa,—pero que con todo era siempre algo trémula, y á veces semejaba un grito que surgía luchando desde un abismo insondable de remordimiento y de dolor,—vosotros, continuó, que me habéis amado,—vosotros, que me habéis creído santo,—miradme aquí, mirad al más grande pecador del mundo. ¡Al fin, al fin estoy de pie en el lugar en que debía haber estado hace siete años: aquí, con esta mujer, cuyo brazo, más que la poca fuerza con que me he arrastrado hasta aquí, me sostiene en este terrible momento y me impide caer de bruces al suelo! ¡Ved ahí la letra escarlata que Ester lleva! Todos os habéis estremecido á su vista. Donde quiera que esta mujer ha ido, donde quiera que, bajo el peso de tanta desgracia, hubiera podido tener la esperanza de hallar reposo,—esa letra ha esparcido en torno suyo un triste fulgor que inspiraba espanto y repugnancia. ¡Pero en medio de vosotros había un hombre, ante cuya marca de infamia y de pecado jamás os habéis estremecido!

Al llegar á este punto, pareció que el ministro tenía que dejar en silencio el resto de su secreto; pero luchó contra su debilidad corporal, y aun mucho más contra la flaqueza de ánimo que se esforzaba en subyugarle. Se desembarazó entonces de todo sostén corporal, y dió un paso hacia adelante resueltamente, dejando detrás de sí á la mujer y á la niña.