—¡Esa marca la tenía él!—continuó con una especie de fiero arrebato. ¡Tan determinado estaba á revelarlo todo!—¡El ojo de Dios la veía! ¡Los ángeles estaban siempre señalándola! ¡El enemigo malo la conocía muy bien y la estregaba constantemente con sus dedos candentes! Pero él la ocultaba con astucia á la mirada de los hombres, y se movía entre vosotros con rostro apesadumbrado, como el de un hombre muy puro en un mundo tan pecador; y triste, porque echaba de menos sus compañeros celestiales. Ahora, en los últimos momentos de su vida, se presenta ante vosotros; os pide que contempléis de nuevo la letra escarlata de Ester; y os dice que, con todo su horror misterioso, no es sino la pálida sombra de la que él lleva en su propio pecho; y que aun esta marca roja que tengo aquí, esta marca roja mía, es solo el reflejo de la que está abrasando lo más íntimo de su corazón. ¿Hay aquí quién pueda poner en duda el juicio de Dios sobre un pecador? ¡Mirad! ¡Contemplad un testimonio terrible de ese juicio!
Con un movimiento convulsivo desgarró la banda eclesiástica que llevaba en el pecho. ¡Todo quedó revelado! Pero sería irreverente describir aquella revelación. Durante un momento las miradas de la multitud horrorizada se concentraron en el lúgubre milagro, mientras el ministro permanecía en pie con una expresión triunfante en el rostro, como la de un hombre que en medio de una crisis del más agudo dolor ha conseguido una victoria. Después cayó desplomado sobre el cadalso. Ester lo levantó parcialmente y le hizo reclinar la cabeza sobre su seno. El viejo Rogerio se arrodilló á su lado con aspecto sombrío, desconcertado, con un rostro en el cual parecía haberse extinguido la vida.
—¡Has logrado escaparte de mí!—repetía con frecuencia.—¡Has logrado escaparte de mí!
—¡Que Dios te perdone!—dijo el ministro.—¡Tú también has pecado gravemente!
Apartó sus miradas moribundas del anciano, y las fijó en la mujer y la niña.
—¡Mi pequeña Perla!—dijo débilmente, y una dulce y tierna sonrisa iluminó su semblante, como el de un espíritu que va entrando en profundo reposo; mejor dicho, ahora que el peso que abrumaba su alma había desaparecido, parecía que deseaba jugar con la niña,—mi querida Perlita, ¿me besarás ahora? ¡No lo querías hacer en la selva! Pero ahora sí lo harás.
Perla le dió un beso en la boca. El encanto se deshizo. La gran escena de dolor en que la errática niña tuvo su parte, había madurado de una vez todos sus sentimientos y afectos; y las lágrimas que derramaba sobre las mejillas de su padre, eran una prenda de que ella iría creciendo entre la pena y la alegría, no para estar siempre en lucha contra el mundo, sino para ser en él una verdadera mujer. También respecto de su madre la misión de Perla, como mensajera de dolor, se había cumplido plenamente.
—Ester,—dijo el ministro,—¡adiós!
—¿No nos volveremos á encontrar?—murmuró Ester inclinando la cabeza junto á la del ministro.—¿No pasaremos juntos nuestra vida inmortal? Sí, sí, con todo este dolor nos hemos rescatado mutuamente. Tú estás mirando muy lejos, allá en la eternidad, con tus brillantes y moribundos ojos. Díme, ¿qué es lo que ves?
—¡Silencio, Ester, silencio!—dijo el ministro con trémula solemnidad.—La ley que quebrantamos,—la culpa tan terriblemente revelada,—sean tus solos pensamientos. ¡Yo temo!... ¡temo!... Quizás desde que olvidamos á nuestro Dios, desde que violamos el mutuo respeto que debíamos á nuestras almas,—fué ya vano esperar el poder asociarnos después de esta vida en una unión pura y sempiterna. Dios sólo lo sabe y Él es misericordioso. Ha mostrado su compasión, más que nunca, en medio de mis aflicciones, con darme esta candente tortura que llevaba en el pecho; con enviarme á ese terrible y sombrío anciano, que mantenía siempre esa tortura cada vez más viva; con traerme aquí, para acabar mi vida con esta muerte de triunfante ignominia ante los ojos del pueblo. Si alguno de estos tormentos me hubiera faltado, yo estaría perdido para siempre! ¡Loado sea su nombre! ¡Hágase su voluntad! ¡Adiós!