Para los suscriptores hay fonógrafos a casa hita, que, sin más trabajo que oprimir un botoncito, repiten los telefonemas impresos o grabados en el peregrino confidente.
Al público en general, para enterarse de las diarias noticias, le basta depositar una moneda en aparatos que abundan en calles, plazas y caminos. Apenas cae la moneda dentro del ingenioso fonógrafo, habla este en voz baja, a través de reducida abertura, de modo que solo pueda valerse de él una persona, y no resulten defraudados los intereses de la empresa.
Los decretos, órdenes, reglamentos y bandos de las autoridades son pregonados en todas partes por megáfonos, que sustituyen las campanas en las torres de los templos, y los relojes dan la hora imitando la voz humana.
Tanta perfección han alcanzado allí el fonógrafo y el teléfono, que el arte de leer y escribir está en desuso. El Supremo Consejo de Instrucción Pública acaba de suprimirlo de las escuelas, limitando su enseñanza a la Diplomática.
Compónense las calles, las carreteras, y aun los caminos vecinales, de dos series de plataformas que se deslizan en opuesto sentido; cada una de las últimas tiene velocidad diferente; de modo que cuando los martícolas quieren trasladarse de un punto a otro, se colocan sobre la más lenta, y si desean acelerar la marcha, pueden pasar sucesivamente a la más rápida, que tiene un movimiento de 250 kilómetros por hora.
Centenares de canales, cuyo principal objeto es evitar los estragos de las inundaciones periódicas producidas por la fusión de los hielos aglomerados en los polos, cruzan los continentes en todos sentidos, facilitando al mismo tiempo la navegación de buques eléctricos, que surcan las aguas con rapidez vertiginosa.
Esta facilidad de comunicaciones ha producido con el transcurso del tiempo, como no podía menos de acontecer, no solo la unidad política, sino también la lingüística y hasta la religiosa. Allí no hay más que un Estado, un idioma y una creencia. De tal suerte se arraigó esta en el corazón de los marcianos con el cultivo de las ciencias, que la palabra ateísmo y las de ella derivadas no existen en los diccionarios fonográficos de aquel feliz y venturoso mundo.
Y cuenta que su idioma es tan rico por la variedad y abundancia de sus voces, que las personas instruidas hablan con claridad y concisión admirables. No tienen que perder el tiempo en el estudio de otras lenguas muertas o vivas, y ni siquiera de la ortografía del propio idioma, por la razón que antes he indicado.
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Y sin más preámbulos digo que Resonancia Universal, diario parlante del planeta Marte, sorprendió ha pocos días a sus oyentes con este estupendo artículo: