«Padre común de los mortales, Creador y Señor de cuanto existe en el espacio y del mismo espacio, bendito y alabado sea tu nombre eternamente.
«Consérvanos, Señor, ante todo la inteligencia, destello solo de la tuya, a fin de que dominemos la materia y las fuerzas naturales que para el perfeccionamiento del espíritu en la lucha con ellas pusiste en torno nuestro.
»Que al perdonar a nuestros deudores encontremos el premio de tu bondad sin límites, y apártanos de la soberbia, porque nuestras pobres obras nada son, nada valen, ni nada significan comparadas con la grandeza inconmensurable de las tuyas.
«Líbranos del mal y concede el bien a nuestros enemigos, y cuando llegue el término de la vida planetaria, otórganos la eterna con el goce de tu amor infinito.»
Y las voces de los megáfonos resonaban en plazas y calles, y en medio de la soledad de los campos y de los mares, infundiendo en todos los corazones religioso recogimiento, purísimo amor al Omnipotente y la dulce esperanza del bien futuro e imperecedero.
EL DRAGÓN DE MONTESA
O LOS RECTOS JUICIOS DE LA POSTERIDAD
Al caer de una crudísima y ventosa tarde de enero, un dragón de Montesa, puesto sobre un caballo tordillo, calado el reluciente casco, el cuello del capote hasta las sienes, pendiente del cinto el largo sable y afianzada la tercerola, hacía centinela en la Plaza de Oriente de Madrid, junto a la estatua de don Sancho el Bravo, cuando de pronto jinete y cabalgadura quedaron muertos de frío.