»Disfrutamos de las diversiones públicas sin encerrarnos en estrechos locales, donde tal vez la incomodidad del cuerpo no compensaría los placeres del espíritu, pues ¿quién no dispone a su sabor de un megáfono y de un telefoteidoscopio[10] para recrear el oído y la vista con los maravillosos espectáculos que costea pródiga y liberalmente la munificencia del Gobierno?
[10] Esta palabra no se encuentra todavía en ningún diccionario, pero espero que el de la Real Academia Española podrá publicar un día esta o parecida definición:
Telefoteidoscopio (del gr. τελε, lejos; φῶς, φωτός, luz; εἶδος, imagen; y σκοπέω, yo veo o yo examino), m. Aparato que por medio de hilos eléctricos reproduce las imágenes en un espejo, por grande que sea la distancia entre aquellas y este. — (N. del A.)
»Los amantes a quienes separa la distancia apelan al telefoteidoscopio y al teléfono, para verse con el uno y para transmitirse con el otro las jamás enojosas y nunca inútilmente reiteradas protestas de amor, cambiando entre sí las corrientes del fluido vital (que apenas presienten los terrícolas), el cual sumerge a ambos en deleitoso éxtasis, produciendo en los sujetos el maravilloso fenómeno de la unidad y simultaneidad de ideas y sensaciones.
»La poesía, amenazada, al parecer, de muerte a medida que lo útil y lo práctico prevalecía en nuestras costumbres, renace pujante y vigorosa, hallando inagotable manantial de inspiraciones en los secretos arrancados a la Naturaleza, en la contemplación de las admirables leyes que rigen al Universo, en la armonía asombrosa de los espacios siderales y en el esplendor y magnificencia de las obras del Altísimo.
»¡Y en tanto que la poesía filosófica remonta el vuelo a lo infinito, existe aquella que vivirá eternamente, mientras la perpetuación de nuestra especie dependa de la dulce y misteriosa atracción de dos seres racionales, y mientras el amor maternal subsista sobre la faz de los mundos!
»¡Benditos vosotros, nobles campeones de la ciencia, que tanto contribuisteis a nuestro bienestar material, a la independencia y autonomía del individuo y, sobre todo, a la paz indestructible cimentada en el derecho y en la unidad política del planeta! ¡Siglo dichoso este, que ve surgir la edad a la cual los antiguos, en su sencilla y grosera ignorancia, llamaron dorada, y no porque volvamos al idilio de los tiempos primitivos soñado por los poetas, sino porque los adelantos físicos han traído consigo el mejoramiento moral o intelectual de la familia humana!...»
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Los megáfonos de todos los templos de la capital de Marte anunciaron la hora de la oración, y descubriéndose la gente con religioso respeto, alzando los ojos al cielo, repetía esta plegaria, que aquellas máquinas pronunciaban desde lo alto de las torres con voz grave, reposada y solemne: