»Las rivalidades de los Estados, hijas casi siempre de la codicia del bien ajeno, engendran frecuentes y desastrosas guerras, que acaban con la ruina del vencido; pero aún hay una cosa peor que la guerra: el miedo de ella, que aniquila a todos a fuerza de aprestos militares.

»Nada más primitivo que la indumentaria. Se visten de telas, toscamente tejidas, producto de filamentos de tallos de plantas, de los gérmenes de estas, de los capullos de un gusano o de la tonsura de cuadrúpedos, a los cuales se despoja del abrigo que les dio la Naturaleza para su propio y no ajeno uso.

»Viven en tal atraso, que no han inventado, como nosotros, el sistema de caldear la atmósfera en la estación del frío, y de aquí que el vestido, acaso más caprichoso que racional, responda a la necesidad de defenderse de las inclemencias del cielo, cuando en nosotros no obedece más que a las leyes del decoro. Inútil es añadir que los terrícolas no han descubierto las finísimas telas que fabricamos, producto de microscópicos y flexibles hilos de diversos metales.

»Tan escasos son los progresos realizados por la síntesis química en la Tierra, que sus habitantes, para sustentarse, no tienen más remedio que destruir millones de millones de semillas de plantas, y sacrificar inmenso número de animales. No han encontrado, como nosotros, la manera de formar los compuestos necesarios a la nutrición, y reducir su principio activo a cantidades que, en pequeñas dosis, basten no solo para el sostén, sino hasta para el regalo del individuo.

»La organización social es, si cabe, más deficiente que la del Estado. La forzosa ley de la desigualdad que la Naturaleza impone a los individuos, lejos de atenuarse con sabias y previsoras medidas, y, sobre todo, con los nobles y levantados fines de la sublime caridad, adquiere cada vez mayor incremento, y de aquí que los odios, rencores y rivalidades, engendrados por la envidia y la miseria, amenacen la paz interior de las naciones. Existe además una causa que agrava de día en día estos males, llamada a producir la más tremenda de las crisis, y es que el aumento de la producción de los artículos necesarios a la existencia de los habitantes de la Tierra, no está en relación con el progresivo desarrollo de la población. Añádase a esto que los notables adelantos de la Medicina y de la Higiene, que tienden a aumentar el término medio de la vida humana, no están tampoco en relación con los de las demás ciencias, encaminados a que los alimentos y el bienestar material resulten fáciles y económicos.

»Para tener una idea de la constitución de la familia en la mayor parte de aquel mundo, preciso nos sería remontarnos a la época de nuestros aborígenes, cuando imperaba solo el derecho brutal de la fuerza. En los países bárbaros, que son la inmensa mayoría, la mujer, víctima del despotismo, de la violencia y de la esclavitud, no tiene más armas para su defensa que la hipocresía, mientras que en los demás suele vivir resignada, pero no satisfecha, con los mermados derechos que le conceden la legislación y las costumbres.

»La enseñanza se encuentra aún en estado rudimentario. La lozana inteligencia o inquieta atención de la juventud, entregadas a constante tortura, necesitan años y años para el estudio y provechoso cultivo de asignaturas a veces de utilidad discutible, o acaso de lenguas muertas, ajenas a los fines profesionales; cuando nosotros sometemos a los escolares al sueño hipnótico para sugerirles en deleitoso y plácido arrobamiento cuanto requiere la ciencia o arte a que muestran particular predilección desde su tierna infancia.

»Nos dicen que en la Tierra hay a veces justicia, pero que resulta lenta y costosa; como si el más primordial de los deberes de un Estado no consistiera en administrarla pronta y cumplida, y como si no fuese el colmo de la iniquidad, por parte del fisco, explotar la razón en tela de juicio. ¿Cuándo alcanzarán los terrícolas nuestra perfección forense? ¿Cuándo renunciarán a enojosas o interminables escrituras, y confiando las partes la simple exposición de hechos al teléfono, esperarán tranquilamente el fallo de los jueces, entregados durante las horas de audiencia al sueño hipnótico? Si bien parece un tribunal grave, circunspecto, solemne, estamos más seguros de su acierto al verle en el estado de reposo que constituye la genuina representación de la Justicia.

»Allí hasta los hombres más civilizados viven en jaulas, que no otro nombre merecen para nosotros sus hacinadas, incómodas y pequeñas casas, toscamente labradas con pesados materiales de hierro, madera, piedra o tierra cocida. La arquitectura, a la cual le falta el auxilio eficaz de los adelantos científicos, no puede construir los edificios de aluminio, ligeros, suntuosos, esbeltos y elegantes, que son el encanto y ornamento, no solo de nuestras ciudades, sino también de nuestras aldeas, ni los palacios ambulantes, levantados sobre las plataformas movedizas de los caminos, que brindan gratuita hospitalidad al viajero durante sus excursiones a través de los continentes.

»El terrícola ignora en qué consiste la verdadera libertad individual. Acontece que, cuanto más culto, mayor suele ser la tiranía que sobre él ejercen los deberes sociales. Víctima del reloj en los actos más vulgares de la vida, y casi siempre de la impertinencia ajena, solo hacen soportable el tormento de la comunidad la tolerancia recíproca, la benevolencia aparente y el convencionalismo perpetuo. En cambio, ¿necesitamos nosotros la asociación, ni siquiera en las horas del ordinario sustento, cuando una cajita de píldoras puede proporcionarlo durante veinte días? ¡A qué coches, tranvías, trenes, ni la eterna esclavitud de la campana, cuando aquí sirven de vehículo las mismas calles y caminos, cuyo pavimento se mueve sin cesar!