(Y pone la mano sobre el cinc de la mesa.)

«Tenemos, pues, el ídolo, el altar y el ara de los sacrificios; pero estos ejemplares de la época anterior al diluvio, nada valen comparados con los notables objetos que vamos a exponeros. El hallazgo ha sido tal, que hasta nos ha permitido reconstituir parte del santuario del ídolo. Vedlo.»

(Y muestra con orgullo la garita de caballería, convertida en pagoda por obra y arte de los restauradores.)

«En cuanto al caballo, la comisión opina que era la víctima destinada al sacrificio, pues la costumbre de inmolar estos animales se pierde en la oscuridad de los tiempos más remotos. En prueba de ello recordaréis que, según la tradición transmitida por las tribus indias que se salvaron en los valles superiores del Himalaya del casi universal diluvio, y de las cuales descendemos todos, Vichnu, segundo término de la trinidad bráhmica, en una de sus primeras encarnaciones tomó la forma de enano para confundir a Balí, quien había sacrificado cien caballos para tener derecho al trono de Indra.

»Hay además otro indicio que no podemos menos de someter a vuestra consideración. El caballo es tordo claro, casi blanco, y nadie ignora que este último era el color propicio a los dioses.

»Reconocido el caballo como la víctima que iba a ser inmolada en aras del ídolo, hemos deducido naturalmente que este hombre de tan extraña manera vestido, cubierto con largo ropaje, tal vez el de ceremonias, era el sacerdote sacrificador.»

(Y presenta la momia del dragón de Montesa.)

«Como si no fuera bastante lo expuesto, a los pies del sacerdote se encontró un pedazo de la cuchilla de los sacrificios.»

(Y blande un fragmento del sable.)

«Por cierto que esta cuchilla tiene junto a la empuñadura una inscripción con caracteres para nosotros desconocidos, la cual debe ser una invocación a la Divinidad.»