Mas como sucede en estos casos de justicias populares, en el asalto de las tahonas, lonjas y tabernas fueron más los productos alimenticios y el vino que se perdieron lastimosamente, que los que llegaron a la boca de la mayoría de los madrileños, la cual ya entrada la noche, seguía desfallecida de hambre, mientras que los más fuertes y atrevidos desperezábanse de puro hartos.
Y a todo esto, Madrid estaba sepultado en la oscuridad más profunda, porque aquella no era noche de luna,[1] y los empleados del gas se habían declarado en huelga.
[1] El día anterior a las 11 y 18 minutos de la mañana había sido luna nueva. Quien dude de la veracidad de este detalle, puede consultar el calendario de dicho año.
Recorrían las gentes las calles a tientas, dando y recibiendo fuertes tropezones, y las más de aquellas, deseando ver el término de situación tan crítica y angustiosa, encaminábanse a la Plaza de Oriente para hacer una manifestación respetuosa contra el párrafo segundo del art. 49 de la Constitución del Estado,[2] y suplicar al Rey que convocase Cortes, y en unión y de acuerdo con estas, decretase y sancionase una adición a la Constitución para poder suspender siquiera por una vez los efectos de dicho artículo.
[2] Dice así: «Ningún mandato del Rey puede llevarse a efecto si no está refrendado por un Ministro, que por solo este hecho se hace responsable.»
Mas ¿cómo se expedía el decreto de convocatoria sin faltar al precepto constitucional, no existiendo Ministro que lo refrendase?
La situación no podía, pues, resolverse por los trámites legales.
Los presidentes de las Cámaras, a la sazón suspendidas, fueron llamados a Palacio para que emitiesen su opinión.
Ambos, empleando una frase de un célebre exministro, se encogían de hombros y se limitaban a decir: «Las cosas se resuelven por sí mismas.»
Así fue; porque Santiago, autorizado por Dios para anular su milagro, deseoso de que no se infringiese una vez más un precepto constitucional, y persuadido de que la felicidad de los españoles no dependía del presupuesto, ni aun disponiendo este de recursos inagotables, hizo que al dar la primera campanada de las doce de la noche, todo el mundo olvidase lo que había sucedido durante el 29 de febrero y que volviesen las cosas al mismo ser y estado que tenían al terminar el día anterior.