En prueba de ello, si tú, lector, que has llegado hasta el final de este cuento, te tomas la molestia de ojear la colección de la Gaceta de Madrid, verás que falta el número de dicho día, del cual no ha quedado ninguna huella en los anales de la Historia.
UN DIÁLOGO EN EL ESPACIO
¡Espíritu extraño a mi familia planetaria, que, como yo, vagas por la inmensidad buscando el término del pavoroso viaje de las almas, detén un momento el raudo vuelo y fija tu penetrante vista, ajena a las imperfecciones de los carnales sentidos, en aquel astro que frontero a nosotros se presenta, girando pausado al rededor de uno de los innumerables soles de la Vía Láctea!
—¡Sombra a la par que yo desvanecida de la materia, cuya cósmica unidad descubro claramente!, di, ¿por qué apartas mi atención, absorta ante las grandiosas maravillas del Universo, fijándola en cuerpo celeste tan raquítico, pobre y diminuto, sol extinguido, esqueleto de una estrella, pigmeo que pasea su mortaja por los insondables abismos del espacio?
—¡Ah! Aquel planeta fue mi patria.
—¿Tu patria? ¿Patria del espíritu un átomo?
—¡La patria del cuerpo que animé!