[3] La luz recorre 300.000 kilómetros por segundo, y si fuese posible observar la Tierra desde la estrella Polar, dada la distancia que nos separa de esta, la luz del sol reflejada por nuestro planeta sería vista allí treinta años y medio después.
—Sea.
—Ya estamos. Nos hemos adelantado treinta años y medio a la marcha de la luz, y desde aquí, si te place, puedes presenciar el espectáculo de mi vida corpórea. Cuando te enoje aquel y quieras acelerarlo, nos bastará movernos en dirección a la Tierra.
—Detengámonos un momento aquí, desde donde observo perfectamente el hemisferio boreal. Noto en el centro una mancha blanquecina.
—Fórmanla los hielos acumulados en el Polo: el calor desaparece paulatinamente de aquellas regiones como de las extremidades de un moribundo.
—A esta mancha siguen alrededor otras más oscuras, de color azulado, interrumpidas por espacios brillantes.
—Aquellas son mares, enormes masas líquidas condenadas en breve a la rigidez de la muerte, y estos, continentes e islas, mansión de la materia, pasajeramente vivificada por los espíritus inmortales.
—Quiero presenciar la aparición de la tuya sobre el planeta. Detengámonos a 30 años de distancia de él, tomando por medida la velocidad de la luz.
—Mira: en este momento los que fueron mis ojos terrenales se abren por vez primera. ¡Ah! ¡Si llegase hasta aquí el sonido, cómo oirías las tristes quejas del que despierta en una cárcel! ¿No ves a mi madre? ¿No observas la palidez en sus mejillas, la fatiga en su agitado pecho, el desfallecimiento en sus entreabiertos ojos, la expresión de acerbo dolor en su cuerpo inerte? ¡Cuánto sufrió!... ¡Cuán a punto estuvo de perder la existencia por dármela a mí! ¡No parece sino que una vida ha de surgir a costa de otra!
—¡La humanidad es hija del dolor!