—¡Cuán grande, terrible e incesante lucha me espera! La lucha de la vida por la vida, a costa de otras existencias o de los gérmenes de estas.

—¡El más fuerte está condenado a crueldad perpetua!

—¡Cuántos peligros me rodean por todas partes! ¡El aire, mezcla de fluidos sutiles, lleva en su seno el principio vital y la muerte; el agua, compuesto líquido de dos gases tenues, sustenta invisibles y formidables adversarios; la tierra, conjunto de elementos limitados y de combinaciones infinitas, da de sí, en pródiga abundancia, el maternal sustento de sus fecundas entrañas y la alevosa ponzoña!

—¡La eterna contradicción de la materia!

—¿No observas cómo me defiendo en esta guerra continua, silenciosa e inexorable? Parece que unas veces desfallezco y caigo; pero recobro fuerzas y me levanto y crezco, y cada vez con más vigor desafío los ocultos ministros de la muerte que me acechan, acosan y persiguen sin tregua ni descanso.

—Sigamos adelante, y abreviemos el término de la representación de tu efímera estancia en aquella partícula de polvo cósmico.

—Ya se ilumina mi inteligencia, y apenas da señales de sí, pónenla en tortura, y surge un nuevo combate en el cual batallan la inercia de la materia o la frivolidad de la pueril imaginación contra el estudio arduo y escabroso de la ciencia humana.

—¡Ciencia humana; rudimentaria sabiduría!

—Despiertan las calladas pasiones, enciéndense inquietos deseos, vértigo inefable se apodera de todo mi ser: nace el amor, y comienza una guerra cruenta y despiadada, que tiene por campeón el fuego y por botín la indiferencia.