—¡Mísera humanidad! ¡Tus luchas son el infinito; tus triunfos el vacío!... Pero ¿qué nubes blanquecinas y rastreras asombran ahora las tierras y aun los mares?
—Se están riñendo batallas. No le basta al hombre la perenne guerra contra la naturaleza y consigo mismo a que está condenado: necesita satisfacer su ciego instinto a costa de sus semejantes, y la lucha que comenzó siendo individual, ha degenerado en colectiva. ¿No observas cómo aplican allí al arte de la destrucción la imperfecta ciencia reservada a los mortales? El estado más poderoso es el que supera a los demás en instrumentos de ruina.
—Mas ya se disipan las nubes, y las apretadas falanges, que se arrojaban con furor unas contra otras, retroceden y se disuelven.
—Cierto. Hase convenido lo que los hombres llaman una paz definitiva y perpetua. ¡Breve armisticio! ¡En cuanto la Tierra dé algunas revoluciones sobre su eje, renacerá el combate, y siempre con más encarnizamiento y más perfección en la ciencia de la muerte!
—¿Los hombres, por lo visto, tienen una idea errónea del tiempo, cuando soportan penalidades tantas en pos de ilusorias recompensas?
—Unos cierran los ojos de la razón, de miedo de ver el corto camino que tienen delante; otros fundan la inmortalidad en la perpetuación del nombre con que les han designado en la tierra. Se contentan con poco: les basta dejar tras sí un sonido articulado.
—¡Pueril vanidad, cuando la misma Tierra ha de perecer en breve!
—Esta a lo menos es la más disculpable de las vanidades. ¡Cuán irrisorias las que se fundan en un supuesto bien presente! ¡Los menguados que atesoran para gozar de la envidia ajena!
¡Los insensatos que buscan la propia satisfacción en la servil obediencia de sus semejantes! ¡Cuánta demencia en unos, y cuántas humillaciones para los otros, que han de convertirse en esclavos de un tercero, siéndolo este a su vez de las colectividades: la mayor de las servidumbres!