—¡Mísera humanidad, en tus manos se empequeñece hasta la soberbia!... La vista de tu Tierra se va haciendo enojosa.

—¡Adiós, seres amados! ¡Un instante no más y os juntaréis conmigo!

—Antes de alejarnos de aquí desearía saber quiénes son esos hombres que dirigen constantemente los ojos hacia nosotros. ¡Qué de peligros arrostran algunos en medio de aquellas regiones salvajes! ¿Buscan también oro?

—No. Aquellos que allí ves son los justos, que no obran por el estímulo de la terrenal recompensa, ni aun de la vanagloria. Hacen el bien por el bien, y remontando su alma a estas tranquilas y serenas regiones, fundan solo en ellas el término de sus sonrientes esperanzas.

—¡Felices vosotros, oscuros e ignorados héroes del espíritu, que alcanzáis la mayor de las victorias reservada a los mortales: señorear la materia y acercaros a Aquel que resume en sí la más sublime y abstracta de las perfecciones!

—¡Volemos hacia Él, que es grande su clemencia!

—¡Atrás, satélites, planetas, soles, constelaciones, nebulosas, polvo cósmico, infusorios del vacío! ¡A ti acudimos, Omnipotente Espíritu que lo llenas todo y ante quien hasta parece pequeño el infinito!...

***

Dijeron... y rasgose el velo del supremo arcano.