Venía muy crecido el río, y a fuerza de remos llegó la barca a la mitad de aquel; pero de pronto, cogiéndola a través, la volcó, dando en el agua con el avaro y el barquero. No sin gran trabajo lograron ambos asirse a la barca, la cual quedó con la quilla al sol, y poniéndose sobre ella a horcajadas se vieron a merced de la corriente, cada vez más rápida e impetuosa.
—¡Estamos perdidos —exclamó el barquero—; la presa del molino dista poco de aquí, y si Dios no hace un milagro, nos estrellaremos contra las rocas!
Enmudeció de espanto Rodríguez, y pensando en el fajo de billetes que llevaba cosido al forro del chaleco, dijo para sí:
—¿Qué va a ser de vosotros, amigos del alma, con tantos sudores, ansias y angustias alcanzados? ¡Si perezco en este horroroso trance, tal vez halle mi cuerpo algún malvado y descubriendo el fruto de mis desvelos, se enriquezca a costa mía, y gaste, triunfe y despilfarre! ¡Ah! ¡Si a lo menos me enterrasen con mi tesoro!... ¿Pero qué digo? En este caso, el Banco resultaría poseedor de lo que es mío, exclusivamente mío... No, jamás, jamás. ¡Ah!, ¡si este pobre pescador me salvase, yo compartiría con él mi hacienda!...
—¡Queda una esperanza de salvación! —repuso el barquero.
—¡Una esperanza! —contestó Samuel, dando un grito de júbilo.
—Sí, que la corriente, en lugar de despeñarnos por el salto de la presa, nos conduzca al canal del molino.
—Pero, ¡desdichados de nosotros!, siendo así, la barca se hará pedazos entre las ruedas...
—No, porque el molino es de turbina, y el agua penetra en ella a través de enrejados.