Respiró Samuel, y continuó razonando así:

—¿He dicho la mitad de mi hacienda? ¡Qué disparate! Basta la mitad de los billetes de Banco que traigo aquí... Pero suman una fortuna... cinco mil pesetas nada menos... Le daré la mitad de la mitad, o sea la cuarta parte: mil doscientas cincuenta pesetas...

—¡Vamos bien! —añadió el pescador.

—Pero no quedarán para mí más que tres mil setecientas cincuenta pesetas —observó el avaro—; con el pico, con las doscientas cincuenta pesetas, será feliz ese pobre hombre.

—¡Pronto embocaremos el canal! —exclamó el barquero.

—¡Qué necio soy! —prosiguió Samuel—. ¿Regalar yo doscientas cincuenta pesetas? ¿Y todo por qué? Porque ese prójimo ha expuesto su vida por prestarme un servicio.... Como si todos los días no arrostrara mayores peligros... Si le doy cincuenta pesetas, queda más que recompensado.

—¡Nos hemos salvado! —gritó el pescador.

—¡Cincuenta pesetas! ¡Diez duros! ¡Doscientos reales! ¡Sería el colmo de la generosidad! —pensó el avaro—. ¿Y todo por qué? Por el barcaje.