El precio corriente son cinco céntimos: si doy diez, pago el doble de lo que debo; pero ¿vamos a cuentas? La obligación del barquero era dejarme sano y salvo en la orilla opuesta. Por su torpeza he caído al agua. Mis vestidos se han deteriorado y he perdido tiempo. No, no, nada le debo... Ni siquiera agradecimiento... Más bien él me debe una indemnización. Yo soy acreedor, él deudor.

***

La barca choca con la compuerta del canal, a medio cerrar, y caen los náufragos otra vez al agua. El barquero, buen nadador, conoce el río en aquel paraje,

y puede fácilmente ponerse en salvo; mas Samuel, a quien los años debilitaran las fuerzas, se va al fondo, agitando los brazos con la desesperación del que lucha entre la vida y la muerte. Ya la cree inevitable, pero tropieza con un peñasco, y poniéndose sobre él de puntillas, queda con el agua al cuello.

—¡Socorro! —grita con lastimeras voces—. ¡Socorro! ¡Socorro!... ¡Ampárame, Virgen Santa del Monte, que yo daré cuanto tengo, cuanto poseo, a la persona que me salve, y alumbraré con cien luces tu venerada imagen!

Y sus gritos desgarradores se pierden y confunden en medio del incesante y estrepitoso golpear del agua, que rebosa del dique, y cae, y rueda, y se despeña formando bullidoras cascadas.

De pronto, Rodríguez divisa una sombra confusa que, flotando sobre la superficie del río, se acerca lentamente. Quiere abalanzarse a ella, es su salvación sin duda, y perdiendo pie, cae arrollado al fondo.

El barquero conduce al molino el cuerpo exánime del avaro, y lo coloca junto al hogar, donde chisporrotea el nudoso tronco de una encina.