A los rojizos y vacilantes resplandores que despide la hoguera, el pescador, fijos los ojos en los cerrados párpados del usurero,

las manos cogidas en las suyas, el oído atento y el ánimo confuso y suspenso, aguarda con viva solicitud que aquel dé señales de vida mientras que el molinero y su familia rodean a ambos. De pronto abre Samuel los ojos, mira al que cree su salvador, aparta la diestra, y llevándosela al seno, tienta el escondido tesoro, lo aprieta convulso contra su pecho, se convence de que está allí, intacto y oculto, y lanza un suspiro.

Quiere hablar y no puede, e iluminándose poco a poco su memoria como si despertase de profundo sueño, recuerda sus últimos ofrecimientos, y comienza a razonar así:

—¿He de dar cuanto tengo, cuanto poseo? ¡No, no, en mi vida! Lo he jurado... ¿pero sabía acaso lo que juraba en aquel trance mortal? Debo, sin embargo, gratitud a ese hombre. Ciertamente y le recompensaré con esplendidez. Le regalaré un billete, sí, un billete... ¿pero de cuánto?... ¿De mil pesetas?... ¡Locura sería!... ¡Jamás ha visto ese infeliz tanto dinero! ¡No sabría en qué emplearlo! ¿De quinientas?... ¡Tal vez sería su perdición! ¿De doscientas cincuenta?... Para que lo gaste en la taberna... ¿De cien? Todavía me parece mucho... ¿De cincuenta? No deja de ser una gruesa suma, diez monedas de cinco pesetas: cinco mil céntimos de peseta... ¿De veinticinco entonces?... No habrá más remedio. Dije un billete: cumpliré mi promesa... ¿Por qué no emite el Banco billetes de una peseta?...

—De buena te has librado, buen hombre —dice el pescador al advertir que Samuel recobra el conocimiento.

—Gracias —contesta el usurero.

—Hice cuanto pude para salvarte —prosigue aquel—; pero no me permitían verte ni oírte la oscuridad y el ruido del agua, y a no ser por el perro que te sacó de ella, no podrías contarlo.

—¡Un perro!