—Sí, un perro de Terranova que anda perdido por esta ribera.

Y Rodríguez respira, se considera libre de toda deuda para con los hombres, y pensando en el perro, exclama:

—¡Generoso animal, corresponderé con largueza a tu noble acción! Yo te recojo, amparo y protejo. Durante el día gozarás a tus anchas del bien inapreciable de la libertad, para que tengas ocasión de buscar el natural sustento, y por las noches guardarás mi huerta.

***

Poco tiempo después, de vuelta a su casa, repuesto del pasado accidente, satisfecho de haber salido de él con el bolsillo intacto, pasaba el avaro las noches en vela acometido de terrible pensamiento: había hecho voto de poner cien luces a la Virgen del Monte, cuya milagrosa efigie se venera en una ermita; pero el cerero no quería vender menos de a real las velas más pequeñas.

—¡Cien reales en cera! —exclamaba Rodríguez—. ¡Qué despilfarro!... ¡pero no hay más remedio! ¿Por qué no ofrecí cien salves o cien padrenuestros, aunque hubiesen sido cien rosarios?...

Al levantarse cada mañana, después de prolongado insomnio, se proponía comprar las velas; pero pudiendo más su sórdida avaricia que la piadosa obligación, en cuanto divisaba la casa del cerero, retrocedía espantado a la suya.

Y pasaban días y días y no descansaba un punto, poniendo en tortura su entendimiento a fin de encontrar una razón que le permitiese eludir su ofrenda; pero ninguna de las argucias que le sugería el deseo era bastante poderosa para convencerle, a pesar de la buena voluntad y egoísta complacencia con que buscaba el propio engaño.

Al cabo creyó descubrir el medio de aquietar su conciencia a poca costa, y tuvo un arranque de generosidad.