—En verdad te digo, querido Jacobo, que lo que pretendes es harto difícil; pero, en fin, exprésalo en breves palabras.
—Pues bien, Señor, lo que yo quiero para los españoles es lo que se llama sentido común...
—¡Sentido común! —replicó el Omnipotente—: ¡sentido común! Pues ¿no sabes tú que lo que los hombres denominan así, es el menos común de los sentidos?
—Vuestra Divina Majestad me entiende, y no digo más.
—¡Hijo mío! —dijo con voz suplicante la Reina de los Ángeles—; vuelve tus ojos misericordiosos hacia aquel pueblo desdichado, y concédele lo que más le convenga.
—¡Bueno! —contestó Nuestro Señor—; voy a hacer por España lo que no he hecho por nadie, aunque me cueste privarme por algunos días de la compañía de un hijo predilecto como este. Vuelve a la Península, Santiago, con amplios poderes míos. Te doy facultades para hacer milagros, sin que puedas, empero, mover y forzar la voluntad de los hombres, porque ya sabes que quiero que sea libre su albedrío. Te doy el don de hacerte invisible y de tomar la forma que quisieres. Ve allí y haz de nuevo gala de tus dotes oratorias, a ver si tu elocuencia, que hizo cristianos a los españoles, más o menos pecadores, que sobre esto hay mucho que hablar, consigue ahora darles el mejor discernimiento en las cosas terrenales.
Dio el Apóstol gracias a Dios Nuestro Señor y a su Santísima Madre, y fuese en derechura al vestíbulo del Cielo donde pidió a San Pedro, con grande admiración de este, que le franquease la salida.
—¡Qué es esto, colega! —exclamó el portero mayor del Paraíso.
—Que me voy otra vez a predicar.