—Mira, aquí entre apóstoles sea dicho, vas a que te crucifiquen como hacen aquellos bárbaros con todos los que les dicen verdades.

—Estos tiempos no son los nuestros, Perico, gracias a nosotros, que civilizamos al mundo. Verdad es que por allí hay quien no se acuerda de esto, y nos pone como chupa de dómine; pero a lo menos ya no le desuellan a uno vivo sino de boquilla.

—Ciertamente esto se ha ganado, pero ha sido a costa de las tiras de piel verdadera que hemos dejado por allá; y si no, dígalo nuestro compañero Bartolomé; pero, ¿qué digo piel?: carne y huesos, que todavía me parece que me duelen las palmas de las manos de aquellos clavos con que me crucificaron, cabeza abajo; y todo ¿por qué?: porque sacaba del error a los hombres. ¡Si serán estúpidos!

—Tienes razón, mala cosa son los hombres; pero algo hay que hacer por ellos. Allá me vuelvo. ¡Abre, Perico, la puerta, y hasta luego!

—¿Pero vas a pie?

—¡Hombre, sí! ¡Buena idea! Tomaré la jaca. ¡Cómo estará de brava a puro holgar! Ya se ve, como ahora no necesitan de mí los españoles para regir sus ejércitos, teniendo tantos generales...

—Por brava que esté, ¿qué te importa, si no hay mejor jinete que tú en cielo y tierra, si eres el Santo caballero por excelencia?

—Claro está; ¡como que soy el patrón de los españoles!... pero abre mientras voy por la jaca.

Soltó San Pedro las cadenas de oro del puente levadizo de la celeste mansión, el cual vínose abajo con grande estrépito, y al breve espacio cruzó por él Santiago, caballero en su blanco corcel, echando no diablos, porque en el Paraíso no los hay, sino rayos y truenos que estremecieron el aire, azotaron el firmamento y retumbaron por el espacio infinito.

II