No sé el tiempo que empleó el Apóstol desde la Gloria a la Península, porque ignoro la distancia que separa a los españoles de la bienaventuranza, aunque entiendo que debe ser poca, pues aquella misma tarde apareció Santiago en mitad de un camino real de España.

El cual debía de atravesar la Mancha, porque ni un solo árbol se descubría en medio de la soledad de una vastísima llanura, que más semejaba mar desecado que otra cosa alguna.

—¡Qué gentes estas! —exclamaba el Santo para su esclavina—. ¡Están dejadas de la mano de Dios! ¿Qué mal les han hecho los árboles? ¡No parece sino que, hartos de destruirse unos a otros, han declarado cruda guerra a la naturaleza!

Y pensando en esto, iba camino adelante al paso de su caballo, cuando de pronto vio venir hacia él a dos hombres cubiertos con amplios sombreros, como los del Padre Eterno, muy ceñidas las vestiduras con unas correas sobre el pecho, las manos dentro de fundas blancas, y llevando cada uno al hombro gruesos bastones rematados en punta de hierro, que el Santo creyó bordones de peregrino de nueva usanza.

—¡Vaya, serán colegas míos —dijo para sí— que irán de romería a algún santuario! Ya tengo compañía.

Los cuales supuestos peregrinos íbanse acercando fijos los ojos en el jinete, y apenas llegaron junto a él, diéronle la voz de alto.

Detuvo el Apóstol las riendas a su caballo, y preguntó a la pareja qué quería.