—La cédula de vecindad —dijo uno.
—¡La cédula! ¿Qué es eso?
—Por lo visto, es usted nuevo aquí...
—Sí, señor, soy forastero.
—Pues bien, aquí nadie viaja sin ese documento.
—No le tengo.
—Entonces dese usted preso.
—De modo que en España ¿se necesita patente de hombre de bien para andar suelto?
—Y para todo.
—En este caso, no habrá malhechor que carezca de semejante requisito.