—En efecto, señor peregrino, todavía no hemos topado con ningún criminal que no esté provisto por lo menos de una cédula.

—¿Para qué sirve, pues?

—Yo le diré a usted; es un recurso de la Hacienda como otro cualquiera.

—¡Ah, ya! Es un tributo sobre la libertad personal.

—Sea lo que fuere, nuestra obligación es detener a los indocumentados.

—Pero, hombre de Dios, si yo soy un caminante pacífico y nunca he hecho mal al prójimo.

—No lo dudamos, mas tenemos que cumplir con la consigna. Quien manda, manda. Tenga usted, pues, la bondad de venirse con nosotros.

—Por lo menos —dijo el Santo para su sayal— aquí se prende con cortesía.

Y como era muy celoso de la disciplina militar, aunque patrón de España, añadió, dirigiéndose a la pareja, acortando razones:

—Vamos a donde ustedes quieran.